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4 mar 2026

Oriente Medio al borde del abismo: un misil iraní pone a prueba a la OTAN


Por Francisco Veracoechea

News Week Latam

La interceptación de un misil iraní por parte de Turquía sobre territorio de la OTAN despierta alertas sobre la posible internacionalización del conflicto en Oriente Medio. Análisis, contexto histórico y riesgos estratégicos.

Las guerras rara vez se anuncian con claridad. No comienzan con declaraciones solemnes ni con comunicados que reconozcan, sin ambages, el inicio de una conflagración mayor. La experiencia histórica demuestra que los grandes conflictos surgen de hechos aparentemente aislados, de incidentes menores que, en retrospectiva, eran síntomas de rupturas profundas del orden regional. Oriente Medio parece hoy transitar ese terreno incierto.

La interceptación por parte de Turquía de un misil procedente de Irán no puede considerarse un episodio técnico ni una simple anomalía. La relevancia aumenta porque ocurrió sobre espacio aéreo de un país miembro de la OTAN, situando el conflicto en una fase potencialmente distinta y obligando a reconsiderar los riesgos de escalada internacional. No se trata únicamente de un misil derribado, sino de un mensaje, voluntario o no, que pone a prueba los límites de la contención global.

Oriente Medio ha convivido durante décadas con un equilibrio basado en guerras indirectas y enfrentamientos calibrados para evitar la confrontación abierta entre grandes bloques. Hoy, ese equilibrio muestra signos de agotamiento. La multiplicación de actores armados, la sofisticación del armamento y la erosión de los canales diplomáticos tradicionales han reducido el margen de maniobra a niveles críticos. El incidente en Turquía adquiere así un valor simbólico y operativo que trasciende lo táctico.

Desde el punto de vista militar, la respuesta turca fue conforme a los protocolos de defensa aérea de cualquier Estado soberano: neutralizar un proyectil potencialmente hostil no es opcional. Sin embargo, la política internacional no se rige solo por manuales técnicos. Cada acción defensiva genera interpretaciones y reacciones que pueden tener consecuencias desproporcionadas. La pregunta central no es si Turquía actuó correctamente, sino qué revela este incidente sobre la dinámica actual del conflicto.

Una primera interpretación apunta a un error de cálculo. Oriente Medio vive una saturación militar sin precedentes recientes: misiles, drones, sistemas antiaéreos y operaciones simultáneas convergen en espacios limitados. Fallos técnicos, errores humanos o decisiones precipitadas son prácticamente inevitables. La historia demuestra que muchas guerras comenzaron no por voluntad explícita, sino por incidentes mal gestionados. Aceptar esta hipótesis implica reconocer que el conflicto ha alcanzado un nivel de densidad que convierte los accidentes en eventos críticos.

La segunda interpretación sugiere una acción deliberadamente ambigua por parte de Irán. Sus operaciones suelen buscar ensanchar el tablero del conflicto, involucrar a más actores y aumentar el coste político de una respuesta adversa. Rozar el espacio aéreo de Turquía —y por extensión de la OTAN— puede interpretarse como una advertencia: el conflicto no está confinado y ninguna frontera es completamente impermeable. El misil derribado podría ser, entonces, una señal estratégica más que un simple error.

Irán busca elevar el coste político y diplomático de cualquier acción contra su territorio. Cuantos más actores se involucren indirectamente, más difícil resulta coordinar una respuesta efectiva y mayor es el espacio para la negociación o la presión internacional. En este sentido, la internacionalización controlada del conflicto constituye un instrumento táctico y político.

Turquía, por su parte, se afirma como actor decisivo. Mantiene relaciones pragmáticas con Irán, pero defiende con firmeza su soberanía. La interceptación fue técnica y proporcionada, evitando retórica incendiaria que pudiera desatar una escalada innecesaria. Ankara actúa con prudencia: firme en la defensa de su territorio y cuidadosa en lo político. Su estrategia busca contener sin ceder, pero requiere reciprocidad en un entorno cada vez más impredecible.

El mayor riesgo actual no es una guerra global inmediata, sino la concatenación de incidentes y malentendidos que puedan desencadenar una escalada progresiva. Cada episodio aumenta la presión sobre los actores regionales y sus aliados, estrechando los márgenes de decisión y amplificando la probabilidad de errores. Oriente Medio se acerca a un umbral donde cada incidente cuenta más que el anterior y donde la prudencia se convierte en un recurso tan valioso como escaso.

El misil derribado en Turquía no marca el inicio de un conflicto mundial, pero sí advierte de que el conflicto regional ha entrado en una fase de alta vulnerabilidad. La historia no suele perdonar a quienes confunden señales con ruido, y hoy ese ruido resuena con fuerza en la región.

La situación exige análisis sereno y acción diplomática decidida. La contención del conflicto dependerá tanto de la prudencia de actores regionales como de la claridad estratégica de aliados internacionales. En este tablero de alta tensión, la línea entre incidente y crisis abierta se vuelve cada vez más delgada, y el margen de error, cada vez menor.

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22 feb 2026

La caída de El Mencho y el escenario que se abre para México y América Latina

 


Por Francisco Veracoechea

News Week Latam

La confirmación de la muerte de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias El Mencho, representa uno de los golpes más relevantes contra el crimen organizado en México en la última década. No solo por la figura que encarnó, sino por el tipo de organización que construyó y las implicaciones que su ausencia genera dentro y fuera del país. El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación murió tras un operativo federal realizado en Tapalpa, según información oficial, abriendo un nuevo ciclo de incertidumbre en el mapa criminal.

Durante años, Oseguera Cervantes fue más que un jefe visible. Su papel consistió en consolidar una estructura criminal altamente adaptable, con capacidad de expansión territorial y una lógica empresarial orientada a controlar rutas, mercados y flujos financieros. A diferencia de otros liderazgos históricos del narcotráfico, el CJNG no dependió exclusivamente de un mando vertical, sino de una red de células con autonomía operativa, lo que explica su rápida expansión y su resistencia frente a la presión del Estado.

Este modelo permitió al grupo operar en al menos 28 estados de la República y extender su influencia a más de 35 países, de acuerdo con reportes oficiales y agencias internacionales. El control de corredores estratégicos, incluidos puertos como Manzanillo, fue clave para sostener su crecimiento. La caída de su fundador, por tanto, no supone un colapso automático, sino una reorganización interna cuyos efectos ya se manifiestan.

En las horas posteriores a la confirmación de su muerte, se registraron bloqueos y disturbios en distintas regiones de Jalisco, Michoacán y Colima. Estos episodios reflejan tanto la capacidad de movilización del grupo como el vacío de poder que deja la ausencia de su principal figura. Para especialistas en seguridad, este tipo de reacciones no son un fenómeno nuevo, sino parte de un patrón que suele acompañar la caída de liderazgos criminales de alto perfil.

El riesgo inmediato para México es una intensificación de la violencia derivada de disputas internas y de la presión ejercida por organizaciones rivales, entre ellas el Cártel de Sinaloa. Estados con antecedentes de alta conflictividad, como Guanajuato y Michoacán, podrían enfrentar un escenario de mayor fragmentación criminal, con consecuencias directas en los niveles de inseguridad local.

La sucesión dentro del CJNG no está definida de manera formal. Analistas coinciden en que la organización podría transitar hacia un liderazgo colegiado o fragmentado, lo que dificulta la contención por parte de las autoridades. Una estructura menos centralizada reduce la posibilidad de golpes decisivos y multiplica los focos de conflicto, especialmente a nivel regional.

Más allá de las fronteras mexicanas, la caída de El Mencho tiene implicaciones en América Latina. El CJNG mantiene presencia en Centroamérica, particularmente en Guatemala, El Salvador y Honduras, donde participa en el control de rutas de drogas y migrantes. En Sudamérica, investigaciones judiciales y reportes de inteligencia señalan vínculos operativos en Colombia, Ecuador, Venezuela y Brasil, así como redes de lavado en el Cono Sur. La fragmentación del CJNG podría redistribuir estas alianzas, pero no eliminarlas.

Uno de los puntos centrales del debate es el impacto real que la muerte de El Mencho tendrá sobre el consumo de drogas. La experiencia histórica indica que la eliminación de un líder criminal no reduce de forma automática la oferta ni la demanda. Mientras exista un mercado sólido, particularmente en Estados Unidos, las cadenas de suministro tienden a reconfigurarse con rapidez. En algunos casos, la competencia entre grupos genera incluso una mayor disponibilidad de sustancias y un incremento de la violencia asociada.

Para México, el desafío no se limita a contener reacciones inmediatas o posibles venganzas. El verdadero reto es evitar que el vacío de poder derive en un ciclo prolongado de homicidios, desplazamientos internos y control territorial por parte de múltiples actores criminales. La respuesta institucional en las próximas semanas será determinante para establecer si este golpe se traduce en una reducción sostenida de la violencia o en una nueva fase de inestabilidad.

La muerte de El Mencho marca un punto de quiebre simbólico, pero no el final del fenómeno que representó. El futuro del CJNG y del panorama criminal en México dependerá de la capacidad del Estado para ir más allá de los liderazgos individuales y atacar las estructuras financieras, la corrupción y las redes transnacionales que sostienen al crimen organizado. En ese terreno se juega, más que en cualquier operativo, la posibilidad de un cambio duradero.




20 feb 2026

Cuando el control nuclear deja de existir: el vacío que deja el Tratado START

 

Por Francisco Veracoechea

News Week Latam

El equilibrio nuclear nunca fue una garantía de paz, sino un ejercicio permanente de contención. Durante décadas, las grandes potencias asumieron que la acumulación ilimitada de armas atómicas no ofrecía mayor seguridad, sino un riesgo constante de destrucción mutua. De esa lógica nació el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, conocido como START, uno de los pilares menos visibles —pero más decisivos— de la seguridad internacional contemporánea.

Tras el final de la Guerra Fría, el control del armamento nuclear se convirtió en una forma de diplomacia silenciosa. No eliminó las tensiones ni las rivalidades, pero estableció reglas mínimas que limitaron sus consecuencias más peligrosas. START fue, ante todo, un acuerdo de supervivencia. No partía de la confianza, sino del reconocimiento de que el error humano, la mala interpretación o el accidente podían desencadenar una catástrofe global.

El primer tratado START fue firmado en 1991, en un contexto de transición histórica. La Unión Soviética se desintegraba, el orden bipolar se desmoronaba y el mundo entraba en una etapa de incertidumbre estratégica. En ese escenario, Washington y Moscú optaron por reducir sus arsenales nucleares estratégicos y, por primera vez, aceptaron inspecciones presenciales y el intercambio de información sensible. Aquella decisión marcó un cambio de paradigma: incluso los adversarios más profundos podían acordar límites cuando el riesgo era compartido.

Ese espíritu se mantuvo, con altibajos, durante las décadas siguientes. En 2010, ya con Rusia como heredera del arsenal soviético, Estados Unidos y Rusia firmaron el llamado Nuevo START, que entró en vigor en 2011. El acuerdo fijó topes precisos al número de ojivas nucleares desplegadas y a los sistemas capaces de lanzarlas. Sin embargo, su valor principal no residía en las cifras, sino en la previsibilidad que introducía en una relación marcada por la desconfianza.

Durante años, el Nuevo START funcionó incluso cuando el clima político se deterioraba. Fue una de las pocas áreas en las que ambas potencias mantuvieron un diálogo técnico constante. Ese canal no resolvía los conflictos, pero evitaba que estos se trasladaran al terreno nuclear. En un sistema internacional cada vez más volátil, esa estabilidad silenciosa actuó como una red de seguridad.

La erosión del tratado no fue repentina. Las tensiones acumuladas por la expansión de la OTAN, las sanciones económicas y la confrontación estratégica fueron debilitando la confianza necesaria para sostenerlo. La guerra en Ucrania terminó por romper ese frágil equilibrio. En 2023, Moscú anunció la suspensión de su participación en el acuerdo, un gesto cargado de significado político. Aunque el tratado sigue vigente formalmente hasta febrero de 2026, su arquitectura práctica quedó seriamente dañada.

La posible desaparición definitiva del Nuevo START abriría un escenario inédito desde los años sesenta. Por primera vez en más de medio siglo, no existirían límites verificables sobre los arsenales nucleares estratégicos de las dos principales potencias atómicas. Sin inspecciones ni intercambio de datos, cada movimiento militar se interpretaría bajo el prisma de la sospecha. En ese contexto, el riesgo no es solo el conflicto deliberado, sino el error.

Los resultados del sistema START, pese a sus limitaciones, fueron tangibles. Los arsenales se redujeron de forma significativa, la transparencia aumentó y la carrera armamentista quedó parcialmente contenida. No fue un proceso de desarme, pero sí una gestión racional del riesgo. Ese legado es el que hoy amenaza con desaparecer.

El problema es que el mundo que heredaría ese vacío es más complejo que el de 1991 o incluso el de 2010. Nuevas potencias nucleares ganan peso, las armas hipersónicas desafían los esquemas tradicionales de defensa y la inteligencia artificial comienza a influir en los sistemas de decisión militar. Los tratados existentes no fueron diseñados para este escenario, y cualquier nuevo acuerdo exigiría una redefinición profunda del control armamentista.

Si no se firma un nuevo tratado, el resultado más probable no será una crisis inmediata, sino una carrera armamentista gradual, menos visible y más difícil de controlar. Más armas, menos transparencia y mayor margen para errores de cálculo. La historia demuestra que estas dinámicas rara vez conducen a mayor seguridad.

A corto plazo, la firma de un nuevo acuerdo parece poco viable. La desconfianza domina la relación entre Washington y Moscú. A largo plazo, sin embargo, la experiencia sugiere que algún tipo de marco será inevitable. El control nuclear no es una concesión al adversario, sino una necesidad compartida.

La desaparición del Tratado START no implica una amenaza inmediata, pero sí la pérdida de uno de los pocos consensos que sobrevivieron al final de la Guerra Fría. Durante décadas, incluso en los momentos de mayor confrontación, las grandes potencias aceptaron que las reglas eran preferibles al vacío.

El problema no es solo la ausencia de un tratado, sino el mensaje que deja su abandono: la idea de que las normas pueden descartarse cuando incomodan al poder. En un sistema internacional cada vez más fragmentado, esa señal resulta especialmente inquietante.

El riesgo nuclear no suele anunciarse con estruendo. No llega en forma de crisis visibles ni de titulares espectaculares. Se instala lentamente, en la opacidad, en la falta de verificación y en la normalización de la desconfianza. Cuando finalmente se hace evidente, suele ser demasiado tarde para corregirlo.

Renunciar al control del armamento nuclear no es una apuesta audaz. Es una apuesta temeraria. En un mundo atravesado por rivalidades crecientes, hay riesgos que no admiten competencia. Cuando se trata de armas capaces de destruirlo todo, el verdadero poder no reside en acumularlas, sino en saber limitarse.

17 feb 2026

El Salvador: ¿Paz a cualquier precio?

 

Por Francisco Veracoechea

@opinionFV

La tranquilidad que se siente

Recorrer hoy un barrio popular de San Salvador ya no despierta el mismo nudo en el estómago. Las pandillas que durante décadas impusieron toques de queda informales, cobraron “renta” a los comercios y decidieron quién vivía o moría en cada cuadra han desaparecido de la escena cotidiana. Las madres que antes recogían a sus hijos del colegio antes del atardecer ahora los dejan jugar hasta entrada la noche. Los mercados bullen sin el fantasma de la extorsión. El turismo, que durante décadas evitó el país por miedo, fluye de nuevo hacia playas y ruinas arqueológicas.

Un taxista de San Salvador lo resume sin rodeos en un testimonio recogido por medios locales: “Antes no me atrevía a manejar de noche por miedo a las maras; ahora puedo llevar pasajeros a cualquier hora sin preocuparme”. Otro vecino, de un barrio anteriormente controlado por pandillas, añade: “Mis hijos salen a la calle y regresan sin que yo tenga que rezar cada vez”.

Muchos salvadoreños describen esta normalidad como un sueño recuperado. En reportajes y encuestas cualitativas se repite una idea central: la tranquilidad ha devuelto a la gente la posibilidad de vivir sin calcular cada paso.

Los datos oficiales apuntan en la misma dirección. El Salvador cerró 2025 con 82 homicidios en todo el territorio, según el Gabinete de Seguridad y el ministro Gustavo Villatoro: una tasa de 1,3 por cada 100.000 habitantes, la más baja registrada en su historia reciente. Supone un descenso del 28 % respecto a los 114 asesinatos contabilizados en 2024. Las autoridades insisten en que todos los casos fueron esclarecidos. En los primeros meses de 2026 se acumulan ya decenas de días sin un solo homicidio. El Gobierno proclama sin ambages que el país es hoy el más seguro del hemisferio occidental.

El respaldo popular acompaña ese discurso. La encuesta más reciente de LPG Datos, publicada a finales de enero de 2026 por un medio históricamente crítico con el Ejecutivo, otorga un 91,9 % de aprobación al presidente Nayib Bukele tras seis años y medio de gobierno. Nueve de cada diez salvadoreños respaldan su gestión, un nivel inusual incluso a escala global. La seguridad aparece, con diferencia, como el principal factor de apoyo. Estudios previos de la Universidad Centroamericana ya señalaban que la mayoría percibe una transformación radical de la delincuencia.

El método que lo hizo posible

Detrás de esa tranquilidad hay un método que no pasa desapercibido. El régimen de excepción, decretado en marzo de 2022 y prorrogado 47 veces hasta febrero de 2026, suspende garantías constitucionales clave: detención solo con orden judicial, plazos máximos de prisión preventiva e inviolabilidad de las comunicaciones. Más de 91.000 personas han sido detenidas en operaciones masivas. La población penitenciaria ronda las 118.000 personas, según informes de Human Rights Watch, lo que sitúa al país entre los de mayor tasa de encarcelamiento del mundo.

El Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), la megacárcel de máxima seguridad construida por el Gobierno, se ha convertido en el símbolo más visible de esta política: un complejo diseñado para albergar a decenas de miles de reclusos, cuyas condiciones de detención han sido calificadas como inhumanas por organizaciones internacionales.

En su Informe Mundial 2026, Human Rights Watch documenta detenciones arbitrarias basadas en apariencia, tatuajes o denuncias anónimas; desapariciones forzadas; torturas y malos tratos, así como al menos 458 muertes bajo custodia documentadas por organizaciones como Socorro Jurídico Humanitario, sin que se haya procesado a responsables. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha emitido medidas cautelares para defensores de derechos humanos y periodistas que denuncian acoso estatal.

En paralelo, el equilibrio institucional se ha erosionado. Jueces y fiscales críticos fueron destituidos en 2021. La Asamblea Legislativa, controlada por el oficialismo, eliminó en 2025 los límites a la reelección presidencial. Bukele, reelegido en 2024 pese a prohibiciones constitucionales previas, podría mantenerse en el poder de forma indefinida.

La paz es tangible. El apoyo social, abrumador. Millones de salvadoreños sienten que, por primera vez en décadas, pueden respirar. Las pandillas están severamente debilitadas, aunque no completamente erradicadas. El régimen de excepción dejó de ser temporal para convertirse en norma.

¿Qué ocurrirá si algún día se levanta?
¿Regresará la violencia organizada cuando miles de detenidos recuperen la libertad?
¿Puede una democracia plena convivir de forma sostenida con un poder tan concentrado en una sola figura?

La historia de América Latina está llena de promesas de orden que trajeron calma breve y, después, autoritarismo o nuevos ciclos de inestabilidad. El llamado “modelo Bukele” despierta admiración en países asfixiados por la violencia, pero también alarma entre quienes ven en él un atajo que sacrifica contrapesos institucionales.

El salvadoreño común responde con hechos: sale a la calle, apoya al Gobierno con cifras récord y apuesta a que esta tranquilidad perdure.

El tiempo —y quizá las urnas— ofrecerán la respuesta. Mientras tanto, El Salvador vive. Respira. Y, en silencio, se pregunta si esta paz, forjada con tanta determinación, podrá perdurar sin que el precio se cobre de otra forma.


Nota del autor: Este reportaje interpretativo se basa en datos oficiales, encuestas independientes, informes internacionales y análisis de fuentes públicas disponibles hasta febrero de 2026. El autor no realizó trabajo de campo en San Salvador para este artículo.

13 feb 2026

La guerra oculta que está destruyendo África

Por Francisco Veracoechea

Mientras el mundo fija la mirada en Ucrania y Gaza, una confrontación mucho menos visible —pero no por ello menos decisiva— está reconfigurando una de las arterias comerciales más críticas del planeta: el Mar Rojo y el Cuerno de África. No hay declaraciones formales de guerra ni frentes militares claramente definidos. Lo que existe es una pugna silenciosa por poder e influencia entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, librada a través de financiamiento indirecto, control de infraestructuras estratégicas y alianzas opacas con actores locales.

El resultado de esta disputa no es abstracto. Se traduce en Estados debilitados, millones de desplazados y crisis humanitarias que, según organismos internacionales, ya superan en gravedad a muchas de las que hoy monopolizan titulares globales. África vuelve a ser escenario de una competencia que no decidió, pero que paga con creces. La pregunta ya no es si existe esta guerra invisible, sino por qué se intensifica ahora y quién obtiene realmente beneficios del caos.

El tablero estratégico del Mar Rojo

El Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb concentran entre el 10 y el 15 % del comercio marítimo mundial. Por estas rutas circulan hidrocarburos del Golfo, granos hacia Europa y Asia y suministros energéticos esenciales para las economías industrializadas. Cualquier disrupción en este corredor impacta precios globales, cadenas logísticas y estabilidad política más allá de la región.

Desde 2024 y, con mayor intensidad en 2025-2026, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos han acelerado su proyección sobre esta zona para blindar intereses propios frente a una competencia creciente que incluye a China, Turquía e incluso actores vinculados a Irán a través de fuerzas interpuestas. El Cuerno de África dejó de ser una periferia olvidada para convertirse en un punto neurálgico de la seguridad económica global.

Dos modelos de poder enfrentados

Arabia Saudita ha optado por una estrategia centrada en la estabilidad estatal. Su enfoque privilegia el respaldo a gobiernos centrales reconocidos, la mediación diplomática y los acuerdos militares formales. Riad busca un entorno previsible que garantice la seguridad de las rutas marítimas y reduzca el riesgo de vacíos de poder aprovechables por actores hostiles. Esta lógica explica su implicación en procesos de mediación en Sudán y su alineamiento con Egipto, Turquía y Somalia en la construcción de un nuevo eje de seguridad para el Mar Rojo.

Emiratos Árabes Unidos, en cambio, ha desplegado una estrategia más pragmática y directa. Prioriza el control de activos estratégicos —puertos, aeropuertos, minas y corredores logísticos— incluso en contextos de fragmentación institucional. Para ello ha respaldado actores no estatales o fuerzas locales semiautónomas cuando le resulta funcional. Este modelo le ha permitido avanzar con rapidez y consolidar presencia territorial, pero también lo ha colocado en el centro de acusaciones recurrentes sobre desestabilización y violaciones indirectas de embargos internacionales.

Sudán se ha convertido en el laboratorio más crudo de esta rivalidad. Tras el colapso de la transición posterior a Omar al Bashir, el país quedó atrapado en una guerra civil entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Informes reiterados del Panel de Expertos de la ONU han documentado el flujo de apoyo externo a las RSF a través de redes de oro y armamento, con Emiratos Árabes Unidos señalado como actor clave en estas dinámicas. Arabia Saudita, por su parte, ha impulsado iniciativas de mediación orientadas a preservar una estructura estatal mínima. El choque de estrategias no ha producido estabilidad, sino una guerra prolongada que ha expulsado a millones de sudaneses de sus hogares.

En Somalia, la confrontación alcanzó un punto de quiebre en enero de 2026. El gobierno federal rompió de forma abrupta todos sus acuerdos con Emiratos Árabes Unidos, canceló concesiones portuarias y ordenó la expulsión de personal militar emiratí tras una escalada de tensiones que incluyó la entrada no autorizada de un líder separatista y la consolidación de estructuras paralelas de poder en puertos estratégicos del norte. Somalia se alineó entonces con mayor claridad con el eje saudí-egipcio-turco, reforzando una visión de seguridad regional basada en la centralidad del Estado y el control coordinado del Mar Rojo.

Yemen, aunque a menudo analizado como un conflicto separado, forma parte del mismo tablero. La disolución forzada del Consejo de Transición del Sur a inicios de 2026 debilitó la principal plataforma de influencia emiratí en el sur del país, mientras Arabia Saudita consolidaba su respaldo al gobierno reconocido internacionalmente. La conexión entre Yemen y el Cuerno de África, a través de las rutas marítimas y las islas estratégicas del Mar Rojo, hace imposible comprender el uno sin el otro.

El costo real de una guerra sin nombre

Más allá de las maniobras diplomáticas y las disputas por influencia, la guerra invisible que se libra en el Cuerno de África tiene consecuencias devastadoras para la población civil. El flujo constante de armas, la financiación de milicias y la competencia entre potencias externas han erosionado aún más a Estados ya frágiles. 

En Sudán del Sur, un país marcado por su debilidad institucional, los efectos colaterales se manifiestan en desplazamientos masivos, inseguridad alimentaria crónica y una dependencia casi total de la ayuda internacional.

En otras regiones del continente, esta dinámica se expresa de forma menos visible pero igualmente corrosiva: corrupción estructural, endeudamiento opaco y proyectos de infraestructura diseñados más para asegurar influencia externa que para responder a necesidades locales. La ausencia de una apuesta real por el fortalecimiento institucional perpetúa un círculo vicioso de fragmentación, violencia y subdesarrollo.

Reducir esta confrontación a un choque ideológico o religioso sería una simplificación engañosa. Lo que está en juego es poder: control de rutas marítimas, acceso a recursos estratégicos y capacidad de influencia en foros internacionales. Arabia Saudita apuesta por estabilidad y previsibilidad; Emiratos Árabes Unidos privilegia flexibilidad y control directo. Ambas visiones colisionan en un continente joven, rico y vulnerable.

Si la comunidad internacional sigue mirando hacia otro lado, esta “guerra oculta” no solo destruirá el Cuerno de África: erosionará la estabilidad de rutas globales y alimentará nuevas crisis migratorias y de seguridad.

9 feb 2026

Cuba al límite: cuando la energía deja de ser política


Por Francisco Veracoechea
 
Durante casi dos décadas, la estabilidad energética de Cuba no dependió de su capacidad productiva, ni de reformas internas, ni de una inserción competitiva en los mercados internacionales. Dependió, esencialmente, de un acuerdo geopolítico: el suministro preferencial de petróleo venezolano. Ese flujo, sostenido a partir de mediados de la década de 2000, permitió a la isla mantener a flote su sistema eléctrico, su transporte y buena parte de su actividad económica, aun cuando sus propias infraestructuras mostraban un deterioro creciente.

En su punto más alto, entre 2010 y 2014, Venezuela llegó a enviar a Cuba entre 90 000 y 115 000 barriles diarios de crudo y derivados, según estimaciones coincidentes de agencias energéticas y reportes de comercio internacional. No se trataba de una relación comercial convencional. Parte de ese petróleo se pagaba con servicios profesionales, otra parte mediante esquemas de crédito blando y, en la práctica, bajo condiciones muy alejadas de los precios, riesgos y exigencias del mercado global.

Ese petróleo no solo alimentó termoeléctricas y vehículos. Funcionó como un amortiguador político y económico. Permitió posponer decisiones estructurales, administrar la escasez sin enfrentarla plenamente y sostener un modelo energético ineficiente, altamente dependiente del exterior. Mientras el crudo venezolano llegaba, la fragilidad del sistema quedaba disimulada.

Pero ese esquema comenzó a resquebrajarse. A partir de 2014, la producción petrolera venezolana entró en una caída acelerada, golpeada por la falta de inversión, problemas operativos, mala gestión y, posteriormente, sanciones internacionales. Los envíos a Cuba se redujeron de forma progresiva. Para 2016–2017, los volúmenes ya eran menos de la mitad de los registrados en los años pico. Aun así, el suministro no se interrumpió por completo. Persistió, cada vez más irregular, sostenido más por afinidad política que por capacidad real.

En los años siguientes, el petróleo venezolano pasó de abundante a crónicamente insuficiente. Para 2025, los envíos se movían, según datos de seguimiento marítimo y estimaciones de Reuters y Kpler, en un rango aproximado de 26 000 a 35 000 barriles diarios, con fuertes oscilaciones mensuales. En algunos periodos, México llegó incluso a convertirse en el principal proveedor puntual de crudo para la isla. El subsidio ya no existía; solo quedaban restos de una relación en retirada.

El verdadero punto de quiebre, sin embargo, no fue técnico. Fue geopolítico.

El endurecimiento del contexto internacional y, de manera decisiva, el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos marcaron el final de cualquier margen de tolerancia. En esta nueva etapa, Washington dejó claro que no permitiría esquemas energéticos paralelos, triangulaciones financieras opacas ni subsidios encubiertos que mantuvieran con vida a economías aliadas fuera de las reglas del mercado.

La llamada nueva era Trump no introdujo matices. Cerró espacios. Aumentó la presión sobre navieras, aseguradoras, intermediarios financieros y proveedores de servicios. Elevó el costo del riesgo hasta hacerlo prácticamente inasumible. En ese escenario, el petróleo venezolano dejó de ser solo escaso: se volvió comercialmente inviable.

Para Cuba, esto significó algo más profundo que la pérdida de un proveedor. Implicó el colapso de un modelo energético basado en la excepción política. Por primera vez en décadas, la isla se vio obligada a enfrentar una realidad incómoda: la energía ya no llega por lealtad ideológica, sino por capacidad de pago. Y Cuba carece de esa capacidad.

Con una economía debilitada, escasez crónica de divisas y acceso limitado al crédito internacional, comprar combustible en el mercado global implica condiciones estrictas: pagos anticipados, seguros elevados y trazabilidad financiera completa. Todo lo contrario al esquema que sostuvo al país durante años. El sistema que permitía operar en los márgenes dejó de existir.

El impacto se ha acelerado con crudeza en las últimas semanas. En febrero de 2026, amplias zonas del país enfrentan apagones de entre 15 y 20 horas diarias, con un déficit eléctrico que ha rozado los 2 000 megavatios en picos de demanda, según cifras oficiales. El racionamiento se ha extendido: semanas laborales reducidas, teletrabajo masivo y priorización estricta de hospitales y cadenas de alimentos. El propio gobierno ha reconocido públicamente que el sistema opera al borde del colapso, mientras organismos internacionales han comenzado a alertar sobre un riesgo humanitario creciente.

La advertencia emitida a aerolíneas internacionales sobre la imposibilidad de garantizar combustible en aeropuertos cubanos no es una falla administrativa ni una mala planificación coyuntural. Es la manifestación visible de una derrota geopolítica: la pérdida del respaldo energético externo que sostenía la conectividad del país.

En términos prácticos, la falta de combustible de aviación obliga a las aerolíneas a cargar reservas adicionales, realizar escalas técnicas fuera de la isla o cancelar rutas. Cada una de esas opciones encarece la operación y reduce el atractivo del destino. El impacto es inmediato sobre el turismo, uno de los pocos sectores capaces de generar divisas.

El problema es circular y profundamente perverso. Cuba necesita turistas para obtener ingresos con los que pueda importar energía. Pero necesita energía para garantizar vuelos, hoteles, transporte y servicios básicos que permitan recibir a esos turistas. La escasez de combustible rompe ese equilibrio y empuja al país a una espiral descendente.

En el plano social, las consecuencias son cada vez más visibles: colas interminables para conseguir gasolina, uso de leña y carbón para cocinar, parálisis intermitente del transporte público y protestas contenidas, aún dispersas, pero latentes. La energía, que en otros contextos es invisible hasta que falta, en Cuba se ha convertido en una presencia constante precisamente por su ausencia.

Desde una perspectiva histórica, el momento actual recuerda —aunque sin nombrarlo— al colapso energético que siguió a la desaparición de la Unión Soviética. Entonces, como ahora, Cuba perdió de golpe a su principal patrocinador externo. La diferencia es que hoy el contexto internacional es menos indulgente y las alternativas son más costosas.

Ni Moscú ni Caracas están en condiciones de sustituir el papel que desempeñaron en el pasado. Rusia enfrenta sus propias prioridades estratégicas. Venezuela carece de capacidad productiva suficiente. Y Estados Unidos ha dejado claro que no habrá excepciones que permitan reconstruir un sistema de subsidios energéticos indirectos.

La crisis energética cubana, por tanto, no es el inicio de un problema, sino su desenlace provisional. Marca el momento en que la geopolítica deja de amortiguar las debilidades internas y obliga al país a enfrentar sus límites reales. La energía se ha convertido en una frontera invisible, pero decisiva, que delimita lo que Cuba puede y no puede hacer.

Mientras no aparezca una fuente de suministro estable, financiable y sostenida —ya sea mediante reformas internas profundas o un cambio significativo en el entorno internacional— esa frontera seguirá estrechándose. Y con ella, las posibilidades de maniobra económica, social y política de la isla.



📊 Línea de tiempo: envíos de petróleo venezolano a Cuba (con fuentes)

2000–2012 — Fundación y consolidación

  • En 2000, Cuba y Venezuela firmaron un acuerdo de cooperación energética estableciendo envíos regulares de petróleo venezolano a la isla.

  • En el mejor momento entre 2010 y 2014, Cuba recibió hasta alrededor de 90 000-115 000 bpd de crudo y derivados de Venezuela, según estimaciones históricas de comercio petrolero y análisis energético internacional. (Estimación basada en tendencias históricas de envíos preferenciales y datos de exportación acumulados)


2013–2017 — Declinación inicial

  • Tras la caída de la producción petrolera venezolana, los envíos comenzaron a disminuir.

  • En 2016-2017, los volúmenes promediaron mucho menos que en años anteriores, con estimaciones de 20 000-40 000 bpd en promedio y tramos con niveles incluso menores en meses específicos. (Basado en patrones de reducción de exportaciones y análisis energético de la región, que reflejan una caída sostenida tras 2014)


2023 — Nivel reducido pero significativo

  • En 2023, las exportaciones venezolanas hacia Cuba promediaron aproximadamente 51 500-56 000 bpd, incluyendo crudo y productos refinados, según datos de seguimiento energético y comercial.


2024 — Caída marcada y picos puntuales

  • Promedio anual 2024: Las importaciones desde Venezuela cayeron casi a la mitad respecto a 2023, hasta alrededor de 32 000-35 000 bpd.

  • Marzo 2024: Se reportaron envíos de aproximadamente 34 000 bpd a Cuba en medio de la crisis energética.

  • Mayo 2024: Se registró un repunte temporal hasta cerca de 70 000 bpd en algunos meses, como resultado de envíos extraordinarios antes de cambios en licencias internacionales.


2025 — Volatilidad y descenso general

  • Enero–octubre 2025: Cuba importó en total alrededor de 45 400 bpd de combustibles (incluyendo crudo y otros derivados) desde aliados como Venezuela y México, reflejando una caída de más de un tercio respecto al mismo período de 2024.

  • Venezuela por sí sola en 2025: los envíos desde Caracas promediaron aproximadamente 27 400 bpd, una reducción significativa frente a años previos.

  • Febrero 2025: Datos de Reuters muestran que Venezuela elevó envíos a ~42 000 bpd en ese mes específico, un repunte temporal.

  • Julio 2025: Envíos venezolanos rondaron 31 000 bpd, aún insuficientes para las necesidades de la isla.

  • Septiembre 2025: Venezuela envió ~52 000 bpd, el mayor volumen del año para ese período.

  • Octubre 2025: Los envíos bajaron a alrededor de 11 000 bpd, uno de los niveles más bajos en 2025.

(Estas variaciones muestran mucha volatilidad mes a mes, con altibajos, pero consistentemente por debajo de los picos históricos.)


Finales de 2025 – 2026 — Reducción crítica

  • Hacia finales de 2025, los envíos venezolanos estaban muy reducidos, y en enero de 2026 se reportaron periodos sin envíos confirmados de crudo venezolano a Cuba.

  • Las presiones internacionales, bloqueos y sanciones han limitado los flujos de petróleo, dejando a Cuba con reservas mínimas y sin suministros regulares desde Venezuela.


Fuentes principales:

  • Reuters (shipping data y PDVSA docs, 2024-2026): reuters.com/business/energy
  • Kpler (analytics, 2025-2026): kpler.com/blog
  • TankerTrackers.com (tracking tankers)
  • Jorge Piñón, University of Texas (histórico y barter): Entrevistas NPR/NEPM ene 2026
  • Financial Times (ene 2026): ft.com/content/f15ac8c6-c76b-40a1-bb41-95abbed7d8aa

5 feb 2026

La caída de dos hombres clave del poder: qué significa para Venezuela la captura de Alex Saab y Raúl Gorrín

 


Por: Francisco Veracoechea


Durante años, en Venezuela se repitió una certeza amarga: los verdaderos responsables del colapso económico no daban la cara. No aparecían en mítines, no firmaban decretos ni hablaban en cadenas nacionales. Operaban en silencio, entre contratos opacos, cuentas en el exterior y estructuras empresariales diseñadas para no dejar huellas. Alex Saab y Raúl Gorrín encajaron perfectamente en ese perfil. Su captura marca un punto de inflexión que va más allá de dos nombres propios y obliga a mirar de frente cómo funcionó el poder real en el país.

El origen de este entramado se remonta a los años posteriores a la llegada de Nicolás Maduro a la Presidencia. Con una economía cada vez más dependiente del petróleo, un control férreo sobre las divisas y un Estado que perdía capacidad productiva, el Gobierno abrió la puerta a intermediarios privados que asumieron tareas estratégicas: importar alimentos, mover capitales, sortear sanciones y mantener a flote un sistema en crisis permanente. En ese escenario emergieron figuras como Saab y Gorrín, cada uno con un rol distinto, pero complementario.

Alex Saab se convirtió en uno de los operadores más influyentes del comercio exterior venezolano. Su nombre quedó asociado al programa CLAP, creado oficialmente para garantizar alimentos a los sectores más vulnerables. En la práctica, múltiples investigaciones internacionales revelaron sobreprecios, mercancía de mala calidad y un circuito de empresas registradas fuera del país. Saab actuaba como puente entre el Estado y un sistema financiero internacional cada vez más cerrado para Caracas. Su cercanía con el poder fue tal que el Gobierno lo presentó como “enviado especial”, blindándolo políticamente durante años.

Raúl Gorrín, en cambio, se movía en el terreno de las finanzas y la influencia mediática. Propietario de medios de comunicación y con acceso directo a altos funcionarios, fue señalado por la justicia estadounidense por participar en esquemas de sobornos vinculados al control de cambios. En un país donde el dólar era un bien escaso y regulado, tener acceso privilegiado a divisas equivalía a acumular poder económico de forma acelerada. Gorrín representó al empresario que prosperó gracias a la cercanía con el Estado y a un sistema diseñado para beneficiar a pocos.

Ambos nombres aparecieron durante años en informes judiciales, sanciones y reportajes de investigación fuera de Venezuela. Sin embargo, dentro del país parecían protegidos por una red de lealtades políticas y silencios convenientes. Saab fue detenido en el extranjero y convertido en símbolo de resistencia frente a Estados Unidos. Gorrín optó por un perfil más discreto, manteniendo influencia sin exposición pública excesiva. La pregunta inevitable es qué cambió para que hoy ambos estén bajo custodia.

La respuesta no está en un solo factor, sino en una suma de presiones. La crisis económica prolongada, el desgaste interno del poder, las negociaciones internacionales y la necesidad de enviar señales de “orden” hacia afuera crearon un nuevo tablero. En ese contexto, figuras que antes eran indispensables pasaron a ser negociables. La captura de Saab y Gorrín funciona también como mensaje político: nadie es imprescindible cuando el sistema necesita recomponerse.

Para Venezuela, el impacto es profundo y contradictorio. Por un lado, se abre una expectativa de justicia largamente postergada. Millones de venezolanos asocian estos nombres con el desabastecimiento, la inflación y el empobrecimiento acelerado de una sociedad que vio cómo se evaporaban los recursos del país. Verlos enfrentar procesos judiciales rompe, al menos simbólicamente, la idea de impunidad absoluta. Por otro lado, persiste la desconfianza: sin instituciones independientes, muchos temen que estas capturas respondan más a ajustes internos que a un verdadero combate contra la corrupción.

En el plano regional, el caso resuena con fuerza. América Latina conoce bien estas historias: empresarios que crecen al calor del poder, Estados que delegan funciones clave en intermediarios y sistemas financieros utilizados para lavar activos y mover dinero fuera del alcance ciudadano. La caída de Saab y Gorrín es observada con atención porque podría sentar precedentes sobre cooperación judicial, recuperación de activos y responsabilidades compartidas.

A nivel internacional, las consecuencias pueden ser aún mayores. Ambos conocen los mecanismos que permitieron sostener al Estado venezolano en los años más duros de las sanciones. Si deciden hablar, sus testimonios podrían comprometer a funcionarios, revelar rutas de dinero y exponer acuerdos que hasta ahora solo se intuían. No es casual que este proceso despierte interés más allá de las fronteras venezolanas.

La captura de Alex Saab y Raúl Gorrín no resuelve la crisis venezolana ni borra años de deterioro institucional. Pero sí marca el final de una etapa en la que ciertos actores parecían intocables. El desenlace dependerá de algo clave: si la justicia avanza con transparencia o si este episodio se diluye como tantos otros en la historia reciente del país.

Venezuela, y buena parte de América Latina, observa con atención. Porque esta historia no habla solo de dos hombres, sino de un modelo de poder que aún busca sobrevivir a sus propias sombras.

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