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20 feb 2026

Cuando el control nuclear deja de existir: el vacío que deja el Tratado START

 

Por Francisco Veracoechea

News Week Latam

El equilibrio nuclear nunca fue una garantía de paz, sino un ejercicio permanente de contención. Durante décadas, las grandes potencias asumieron que la acumulación ilimitada de armas atómicas no ofrecía mayor seguridad, sino un riesgo constante de destrucción mutua. De esa lógica nació el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, conocido como START, uno de los pilares menos visibles —pero más decisivos— de la seguridad internacional contemporánea.

Tras el final de la Guerra Fría, el control del armamento nuclear se convirtió en una forma de diplomacia silenciosa. No eliminó las tensiones ni las rivalidades, pero estableció reglas mínimas que limitaron sus consecuencias más peligrosas. START fue, ante todo, un acuerdo de supervivencia. No partía de la confianza, sino del reconocimiento de que el error humano, la mala interpretación o el accidente podían desencadenar una catástrofe global.

El primer tratado START fue firmado en 1991, en un contexto de transición histórica. La Unión Soviética se desintegraba, el orden bipolar se desmoronaba y el mundo entraba en una etapa de incertidumbre estratégica. En ese escenario, Washington y Moscú optaron por reducir sus arsenales nucleares estratégicos y, por primera vez, aceptaron inspecciones presenciales y el intercambio de información sensible. Aquella decisión marcó un cambio de paradigma: incluso los adversarios más profundos podían acordar límites cuando el riesgo era compartido.

Ese espíritu se mantuvo, con altibajos, durante las décadas siguientes. En 2010, ya con Rusia como heredera del arsenal soviético, Estados Unidos y Rusia firmaron el llamado Nuevo START, que entró en vigor en 2011. El acuerdo fijó topes precisos al número de ojivas nucleares desplegadas y a los sistemas capaces de lanzarlas. Sin embargo, su valor principal no residía en las cifras, sino en la previsibilidad que introducía en una relación marcada por la desconfianza.

Durante años, el Nuevo START funcionó incluso cuando el clima político se deterioraba. Fue una de las pocas áreas en las que ambas potencias mantuvieron un diálogo técnico constante. Ese canal no resolvía los conflictos, pero evitaba que estos se trasladaran al terreno nuclear. En un sistema internacional cada vez más volátil, esa estabilidad silenciosa actuó como una red de seguridad.

La erosión del tratado no fue repentina. Las tensiones acumuladas por la expansión de la OTAN, las sanciones económicas y la confrontación estratégica fueron debilitando la confianza necesaria para sostenerlo. La guerra en Ucrania terminó por romper ese frágil equilibrio. En 2023, Moscú anunció la suspensión de su participación en el acuerdo, un gesto cargado de significado político. Aunque el tratado sigue vigente formalmente hasta febrero de 2026, su arquitectura práctica quedó seriamente dañada.

La posible desaparición definitiva del Nuevo START abriría un escenario inédito desde los años sesenta. Por primera vez en más de medio siglo, no existirían límites verificables sobre los arsenales nucleares estratégicos de las dos principales potencias atómicas. Sin inspecciones ni intercambio de datos, cada movimiento militar se interpretaría bajo el prisma de la sospecha. En ese contexto, el riesgo no es solo el conflicto deliberado, sino el error.

Los resultados del sistema START, pese a sus limitaciones, fueron tangibles. Los arsenales se redujeron de forma significativa, la transparencia aumentó y la carrera armamentista quedó parcialmente contenida. No fue un proceso de desarme, pero sí una gestión racional del riesgo. Ese legado es el que hoy amenaza con desaparecer.

El problema es que el mundo que heredaría ese vacío es más complejo que el de 1991 o incluso el de 2010. Nuevas potencias nucleares ganan peso, las armas hipersónicas desafían los esquemas tradicionales de defensa y la inteligencia artificial comienza a influir en los sistemas de decisión militar. Los tratados existentes no fueron diseñados para este escenario, y cualquier nuevo acuerdo exigiría una redefinición profunda del control armamentista.

Si no se firma un nuevo tratado, el resultado más probable no será una crisis inmediata, sino una carrera armamentista gradual, menos visible y más difícil de controlar. Más armas, menos transparencia y mayor margen para errores de cálculo. La historia demuestra que estas dinámicas rara vez conducen a mayor seguridad.

A corto plazo, la firma de un nuevo acuerdo parece poco viable. La desconfianza domina la relación entre Washington y Moscú. A largo plazo, sin embargo, la experiencia sugiere que algún tipo de marco será inevitable. El control nuclear no es una concesión al adversario, sino una necesidad compartida.

La desaparición del Tratado START no implica una amenaza inmediata, pero sí la pérdida de uno de los pocos consensos que sobrevivieron al final de la Guerra Fría. Durante décadas, incluso en los momentos de mayor confrontación, las grandes potencias aceptaron que las reglas eran preferibles al vacío.

El problema no es solo la ausencia de un tratado, sino el mensaje que deja su abandono: la idea de que las normas pueden descartarse cuando incomodan al poder. En un sistema internacional cada vez más fragmentado, esa señal resulta especialmente inquietante.

El riesgo nuclear no suele anunciarse con estruendo. No llega en forma de crisis visibles ni de titulares espectaculares. Se instala lentamente, en la opacidad, en la falta de verificación y en la normalización de la desconfianza. Cuando finalmente se hace evidente, suele ser demasiado tarde para corregirlo.

Renunciar al control del armamento nuclear no es una apuesta audaz. Es una apuesta temeraria. En un mundo atravesado por rivalidades crecientes, hay riesgos que no admiten competencia. Cuando se trata de armas capaces de destruirlo todo, el verdadero poder no reside en acumularlas, sino en saber limitarse.

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