El proceso electoral avanza en un país golpeado por la
violencia, el encarecimiento del costo de la vida y una creciente desconfianza
hacia la política tradicional. Laura Fernández lidera las preferencias, pero lo
hace en un escenario de desgaste institucional y hartazgo social.
Por Francisco Veracoechea
Costa Rica se aproxima a una nueva cita con las urnas en un clima marcado por la ansiedad social y la desconfianza política. El país que durante décadas fue presentado como un referente de estabilidad democrática en Centroamérica vota hoy bajo una sombra persistente: el avance del narcotráfico, el aumento sostenido de los homicidios, el encarecimiento del costo de la vida y la percepción generalizada de que las promesas del poder no se tradujeron en mejoras concretas para la mayoría de la población.
No se trata únicamente de una elección presidencial. Para amplios sectores de la ciudadanía, lo que está en juego es la capacidad del Estado de recuperar el control territorial, restablecer la confianza institucional y ofrecer respuestas creíbles a problemas que dejaron de ser coyunturales para convertirse en estructurales.
Inseguridad y violencia: cuando los datos confirman el miedo
La campaña electoral avanza atravesada por el temor y el desencanto. La inseguridad se ha instalado como el principal eje del debate público. El incremento de los homicidios y la expansión de redes criminales vinculadas al narcotráfico han transformado la vida cotidiana en comunidades que hasta hace pocos años se consideraban ajenas a la violencia. La sensación de vulnerabilidad ya no distingue entre zonas urbanas y rurales ni entre clases sociales.
Ese miedo tiene respaldo en las cifras. Costa Rica cerró 2025 con más de 950 homicidios, la cifra más alta registrada en su historia reciente. La tasa superó los 18 asesinatos por cada 100.000 habitantes, un umbral que organismos internacionales asocian con escenarios de violencia estructural de alto impacto. Cerca del 70 % de las muertes violentas están vinculadas a disputas territoriales entre bandas locales conectadas a redes internacionales del narcotráfico, que utilizan al país como plataforma logística para la exportación de cocaína hacia Europa.
El narcotráfico no es un fenómeno nuevo en Costa Rica, pero su capacidad de penetración social e institucional se ha intensificado. La disputa por rutas, territorios y mercados ilegales ha erosionado uno de los pilares históricos del imaginario nacional: la seguridad.
El costo de vivir y el desgaste del poder
El malestar social no se limita a la violencia. El encarecimiento del costo de la vida atraviesa la campaña como un problema cotidiano que impacta directamente en los hogares. Aunque los indicadores macroeconómicos muestran una inflación general relativamente controlada, la experiencia diaria de la población cuenta otra historia.
En los últimos dos años, los alimentos de primera necesidad y los servicios básicos han acumulado incrementos cercanos al 12 %, presionando especialmente a los hogares de ingresos medios y bajos. A esto se suma el alto costo de los medicamentos: Costa Rica se mantiene entre los países con precios más elevados de la región, y el gasto de bolsillo para tratar enfermedades crónicas puede absorber hasta un 20 % del ingreso mensual de un hogar de clase media-baja.
Las promesas oficiales de alivio económico siguen frescas en la memoria colectiva. Para muchos votantes, su incumplimiento refuerza la sensación de desconexión entre la clase política y la realidad social, alimentando un escepticismo que atraviesa todo el proceso electoral.
Laura Fernández: liderazgo fuerte, respaldo frágil
En este escenario emerge Laura Fernández como la figura central de la contienda. Distintos sondeos le atribuyen un respaldo cercano al 40 % de la intención de voto, una cifra que la coloca en el umbral de una posible victoria en primera ronda.
Sin embargo, ese liderazgo convive con tensiones evidentes. Para sus seguidores, Fernández representa experiencia de gestión y capacidad de conducción en un contexto complejo. Para sus detractores, su figura encarna el desgaste del poder y una administración que no logró cumplir promesas clave, especialmente en materia de seguridad y costo de la vida.
El desafío de su campaña ya no es únicamente crecer, sino resistir. En un país marcado por la volatilidad electoral y la desconfianza política, la pregunta no es solo si Fernández puede ganar, sino si su respaldo se mantendrá firme frente a una campaña dominada por el miedo y la memoria reciente de promesas incumplidas.
Indecisos, abstención y una democracia en tensión
Frente a Fernández, otros candidatos intentan capitalizar el descontento social con propuestas que oscilan entre la mano dura y las reformas graduales. Sin embargo, la visibilidad y la credibilidad siguen siendo escasas en un escenario dominado por la polarización.
Más del 35 % del electorado afirma no tener aún una decisión tomada o contempla votar en blanco o nulo. Este bloque de indecisos no solo expresa hartazgo, sino que introduce una incertidumbre real sobre la solidez de cualquier ventaja electoral.
A esto se suma un dato estructural: el abstencionismo, especialmente entre los jóvenes. En las elecciones de 2022, la participación de los menores de 30 años fue significativamente menor que la de los adultos mayores, y el abstencionismo en el grupo de 18 a 35 años superó el 33 %, según datos del Tribunal Supremo de Elecciones. Analistas advierten que, si persiste el desencanto actual, la participación juvenil en 2026 podría mantenerse en niveles bajos, debilitando la legitimidad democrática y la renovación del liderazgo político.
Votar sin certezas, pero no sin consecuencias
Costa Rica votará en un contexto cargado de incógnitas. La inseguridad no ha cedido, el narcotráfico mantiene su presión y el desgaste del poder sigue erosionando la confianza ciudadana. El próximo gobierno no heredará solo cifras económicas o compromisos administrativos, sino una sociedad más alerta, menos paciente y profundamente consciente de sus miedos.
La incógnita ya no es únicamente quién ganará las elecciones, sino qué ocurrirá después. Si el nuevo liderazgo logrará reconectar al Estado con la ciudadanía o si, por el contrario, la frustración abrirá paso a una etapa aún más compleja de desafección democrática.
Costa Rica votará con incertidumbre. Lo que todavía no está claro es si, tras el cierre de las urnas, el país despertará con alivio o con la certeza incómoda de que los problemas que hoy lo acechan han decidido quedarse un tiempo más.




