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27 ene 2026

Votar con incertidumbre: Costa Rica se enfrenta a una elección marcada por la inseguridad, el narcotráfico y el desgaste del poder

 


El proceso electoral avanza en un país golpeado por la violencia, el encarecimiento del costo de la vida y una creciente desconfianza hacia la política tradicional. Laura Fernández lidera las preferencias, pero lo hace en un escenario de desgaste institucional y hartazgo social.

Por Francisco Veracoechea


Costa Rica se aproxima a una nueva cita con las urnas en un clima marcado por la ansiedad social y la desconfianza política. El país que durante décadas fue presentado como un referente de estabilidad democrática en Centroamérica vota hoy bajo una sombra persistente: el avance del narcotráfico, el aumento sostenido de los homicidios, el encarecimiento del costo de la vida y la percepción generalizada de que las promesas del poder no se tradujeron en mejoras concretas para la mayoría de la población.

No se trata únicamente de una elección presidencial. Para amplios sectores de la ciudadanía, lo que está en juego es la capacidad del Estado de recuperar el control territorial, restablecer la confianza institucional y ofrecer respuestas creíbles a problemas que dejaron de ser coyunturales para convertirse en estructurales.

Inseguridad y violencia: cuando los datos confirman el miedo

La campaña electoral avanza atravesada por el temor y el desencanto. La inseguridad se ha instalado como el principal eje del debate público. El incremento de los homicidios y la expansión de redes criminales vinculadas al narcotráfico han transformado la vida cotidiana en comunidades que hasta hace pocos años se consideraban ajenas a la violencia. La sensación de vulnerabilidad ya no distingue entre zonas urbanas y rurales ni entre clases sociales.

Ese miedo tiene respaldo en las cifras. Costa Rica cerró 2025 con más de 950 homicidios, la cifra más alta registrada en su historia reciente. La tasa superó los 18 asesinatos por cada 100.000 habitantes, un umbral que organismos internacionales asocian con escenarios de violencia estructural de alto impacto. Cerca del 70 % de las muertes violentas están vinculadas a disputas territoriales entre bandas locales conectadas a redes internacionales del narcotráfico, que utilizan al país como plataforma logística para la exportación de cocaína hacia Europa.

El narcotráfico no es un fenómeno nuevo en Costa Rica, pero su capacidad de penetración social e institucional se ha intensificado. La disputa por rutas, territorios y mercados ilegales ha erosionado uno de los pilares históricos del imaginario nacional: la seguridad.

El costo de vivir y el desgaste del poder

El malestar social no se limita a la violencia. El encarecimiento del costo de la vida atraviesa la campaña como un problema cotidiano que impacta directamente en los hogares. Aunque los indicadores macroeconómicos muestran una inflación general relativamente controlada, la experiencia diaria de la población cuenta otra historia.

En los últimos dos años, los alimentos de primera necesidad y los servicios básicos han acumulado incrementos cercanos al 12 %, presionando especialmente a los hogares de ingresos medios y bajos. A esto se suma el alto costo de los medicamentos: Costa Rica se mantiene entre los países con precios más elevados de la región, y el gasto de bolsillo para tratar enfermedades crónicas puede absorber hasta un 20 % del ingreso mensual de un hogar de clase media-baja.

Las promesas oficiales de alivio económico siguen frescas en la memoria colectiva. Para muchos votantes, su incumplimiento refuerza la sensación de desconexión entre la clase política y la realidad social, alimentando un escepticismo que atraviesa todo el proceso electoral.

Laura Fernández: liderazgo fuerte, respaldo frágil

En este escenario emerge Laura Fernández como la figura central de la contienda. Distintos sondeos le atribuyen un respaldo cercano al 40 % de la intención de voto, una cifra que la coloca en el umbral de una posible victoria en primera ronda.

Sin embargo, ese liderazgo convive con tensiones evidentes. Para sus seguidores, Fernández representa experiencia de gestión y capacidad de conducción en un contexto complejo. Para sus detractores, su figura encarna el desgaste del poder y una administración que no logró cumplir promesas clave, especialmente en materia de seguridad y costo de la vida.

El desafío de su campaña ya no es únicamente crecer, sino resistir. En un país marcado por la volatilidad electoral y la desconfianza política, la pregunta no es solo si Fernández puede ganar, sino si su respaldo se mantendrá firme frente a una campaña dominada por el miedo y la memoria reciente de promesas incumplidas.

Indecisos, abstención y una democracia en tensión

Frente a Fernández, otros candidatos intentan capitalizar el descontento social con propuestas que oscilan entre la mano dura y las reformas graduales. Sin embargo, la visibilidad y la credibilidad siguen siendo escasas en un escenario dominado por la polarización.

Más del 35 % del electorado afirma no tener aún una decisión tomada o contempla votar en blanco o nulo. Este bloque de indecisos no solo expresa hartazgo, sino que introduce una incertidumbre real sobre la solidez de cualquier ventaja electoral.

A esto se suma un dato estructural: el abstencionismo, especialmente entre los jóvenes. En las elecciones de 2022, la participación de los menores de 30 años fue significativamente menor que la de los adultos mayores, y el abstencionismo en el grupo de 18 a 35 años superó el 33 %, según datos del Tribunal Supremo de Elecciones. Analistas advierten que, si persiste el desencanto actual, la participación juvenil en 2026 podría mantenerse en niveles bajos, debilitando la legitimidad democrática y la renovación del liderazgo político.

Votar sin certezas, pero no sin consecuencias

Costa Rica votará en un contexto cargado de incógnitas. La inseguridad no ha cedido, el narcotráfico mantiene su presión y el desgaste del poder sigue erosionando la confianza ciudadana. El próximo gobierno no heredará solo cifras económicas o compromisos administrativos, sino una sociedad más alerta, menos paciente y profundamente consciente de sus miedos.

La incógnita ya no es únicamente quién ganará las elecciones, sino qué ocurrirá después. Si el nuevo liderazgo logrará reconectar al Estado con la ciudadanía o si, por el contrario, la frustración abrirá paso a una etapa aún más compleja de desafección democrática.

Costa Rica votará con incertidumbre. Lo que todavía no está claro es si, tras el cierre de las urnas, el país despertará con alivio o con la certeza incómoda de que los problemas que hoy lo acechan han decidido quedarse un tiempo más.




22 ene 2026

Irán sin acceso a internet y con víctimas de la represión

 

El apagón digital vuelve a ser utilizado por el régimen como herramienta de control político en medio de protestas y denuncias por uso excesivo de la fuerza



Por Francisco Veracoechea

Irán atraviesa una nueva fase de aislamiento informativo mientras se multiplican las denuncias sobre víctimas mortales y detenciones masivas en el marco de la represión de las protestas internas. Desde hace varios días, amplias zonas del país registran cortes casi totales del servicio de internet móvil, severas restricciones en conexiones fijas y el bloqueo sistemático de plataformas digitales utilizadas para la comunicación y la difusión de información. La medida, adoptada por las autoridades bajo el argumento de preservar la seguridad nacional, coincide con un endurecimiento visible de la respuesta estatal frente a las manifestaciones.

Usuarios dentro del país describen un escenario de desconexión generalizada que afecta no solo a redes sociales, sino también a servicios básicos de mensajería y a plataformas vinculadas al trabajo, la educación y el comercio. En la práctica, millones de personas han quedado incomunicadas del exterior, lo que dificulta la verificación independiente de los hechos y retrasa la llegada de testimonios, imágenes y datos sobre lo que ocurre en las calles. No se trata de un fenómeno nuevo en Irán, pero sí de uno cada vez más refinado y extendido.

Organizaciones de derechos humanos han alertado sobre la existencia de víctimas mortales y un número indeterminado de personas detenidas durante las operaciones de las fuerzas de seguridad. Las cifras exactas siguen siendo difíciles de confirmar debido al bloqueo informativo, aunque los reportes coinciden en señalar el uso de fuerza excesiva contra manifestantes, arrestos sin orden judicial y traslados a centros de detención no identificados públicamente. El gobierno iraní, por su parte, ha rechazado estas acusaciones y sostiene que se enfrenta a actos de violencia promovidos por grupos desestabilizadores.

El corte de internet se ha convertido en una herramienta central de control político. Al limitar el acceso a la red, el Estado reduce la capacidad de organización de las protestas, restringe la circulación de información y mantiene bajo control el relato de los acontecimientos. Expertos en derechos digitales subrayan que estas medidas no buscan únicamente frenar la difusión de contenidos, sino también generar un efecto disuasorio sobre la población, al dejar claro que cualquier intento de movilización tendrá consecuencias inmediatas.

La juventud iraní vuelve a situarse en el centro del conflicto. Se trata de una generación acostumbrada a la conectividad, expuesta a referentes externos y cada vez más crítica de las restricciones políticas, sociales y económicas del país. Para este sector de la población, la desconexión forzada no solo representa un obstáculo para la protesta, sino una interrupción directa de la vida cotidiana. Estudios universitarios, actividades laborales y comunicaciones familiares quedan suspendidos de forma abrupta, reforzando una sensación de encierro que va más allá de lo digital.

Irán ha desarrollado en los últimos años una infraestructura tecnológica que le permite mantener una red interna operativa mientras limita el acceso al internet global. Este sistema, conocido como red nacional de información, garantiza la continuidad de algunos servicios estatales y bancarios, pero deja a la ciudadanía aislada del escrutinio internacional. Analistas advierten que este modelo marca una tendencia preocupante, al demostrar cómo los Estados con estructuras autoritarias pueden ejercer control sin recurrir necesariamente a un apagón total, manteniendo una apariencia de normalidad.

La respuesta internacional ha sido, hasta ahora, limitada. Gobiernos occidentales y organismos multilaterales han expresado su preocupación por la situación de los derechos humanos en Irán y han instado a las autoridades a restablecer el acceso a internet y garantizar el derecho a la protesta pacífica. Sin embargo, estas declaraciones no se han traducido en medidas concretas capaces de alterar el comportamiento del régimen. Las negociaciones nucleares, las tensiones regionales y los equilibrios geopolíticos continúan condicionando cualquier acción más contundente.

En este contexto, el silencio informativo cumple una función estratégica. La ausencia de imágenes constantes, transmisiones en vivo y relatos directos reduce la presión de la opinión pública internacional y diluye el impacto de las denuncias. Cada día sin conexión supone una ventana de oportunidad para las autoridades, que pueden actuar con mayor margen y menor visibilidad.

A pesar de ello, la desconexión no ha logrado eliminar el descontento social. Testimonios que logran salir del país, a través de canales alternativos, muestran a una sociedad que continúa cuestionando el modelo de control impuesto desde el poder. Activistas y ciudadanos buscan nuevas formas de comunicarse, documentar los abusos y preservar la memoria de lo ocurrido, conscientes de que el apagón no es permanente.

Irán permanece hoy a oscuras en el plano digital, pero el conflicto subyacente sigue latente. La experiencia de episodios anteriores sugiere que los cortes de internet pueden retrasar la explosión del malestar, pero no neutralizarlo. Cuando la conexión se restablece, las demandas no desaparecen, sino que reaparecen con mayor fuerza y mayor carga simbólica.

El uso del apagón digital como instrumento de represión confirma una transformación profunda del autoritarismo contemporáneo. El control ya no se ejerce únicamente mediante la presencia policial o la coerción física, sino también a través de la gestión de datos, redes y flujos de información. En Irán, esta estrategia vuelve a dejar una pregunta abierta: hasta qué punto un Estado puede sostenerse desconectando a su población del mundo sin terminar, inevitablemente, enfrentándose a ella.

19 ene 2026

Groenlandia en el tablero global: Trump, Europa y la disputa estratégica por el Ártico

 

Por: Francisco Veracoechea

La insistencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la necesidad de que su país ejerza un mayor control sobre Groenlandia ha reactivado una de las tensiones geopolíticas más delicadas del escenario internacional contemporáneo. Lejos de presentarlo como una iniciativa económica o territorial en sentido clásico, Trump ha situado el debate en el terreno de la seguridad nacional y de la competencia estratégica en el Ártico, con Rusia como principal factor de preocupación. La reacción de la Unión Europea, el rechazo de Dinamarca y la posición firme del Gobierno groenlandés muestran hasta qué punto la isla ha pasado de ser un territorio periférico a convertirse en una pieza central del equilibrio de poder en el norte del planeta.

Groenlandia, el mayor territorio insular del mundo, ocupa una posición geográfica clave entre América del Norte y Europa. Durante décadas fue percibida como una región remota, con escasa incidencia en los grandes asuntos internacionales. Sin embargo, el progresivo deshielo del Ártico, acelerado por el cambio climático, ha modificado de forma sustancial ese escenario. La apertura gradual de nuevas rutas marítimas, la posibilidad de explotar recursos naturales estratégicos y el aumento de la presencia militar de diversas potencias han situado a la isla en el centro de los análisis geopolíticos.

Estados Unidos mantiene desde la Guerra Fría una presencia militar permanente en Groenlandia, especialmente a través de la base aérea de Pituffik, considerada un elemento clave para los sistemas de alerta temprana y defensa antimisiles. Desde esta instalación se monitorean movimientos aéreos y marítimos en una región que, según los estrategas estadounidenses, se ha vuelto más vulnerable ante el incremento de la actividad rusa en el Ártico.

Es precisamente este punto el que Trump ha subrayado de forma reiterada. Según el presidente estadounidense, Groenlandia es esencial para garantizar la capacidad de Estados Unidos de vigilar y responder a posibles amenazas procedentes de Rusia. Moscú ha reforzado en los últimos años su infraestructura militar en el Ártico, reabriendo bases, modernizando su flota y ampliando su presencia en rutas marítimas estratégicas. Para Washington, este despliegue altera el equilibrio de seguridad en una región que durante décadas permaneció relativamente estable.

Trump ha argumentado que el actual estatus de Groenlandia limita la capacidad de Estados Unidos para ejercer un control pleno y eficaz sobre un territorio que considera vital para su seguridad nacional. En sus declaraciones, ha cuestionado la capacidad de Dinamarca para responder con rapidez y recursos suficientes ante un eventual deterioro de la situación en el Ártico. Desde su perspectiva, un mayor control estadounidense permitiría una supervisión más directa y una respuesta más ágil frente a cualquier movimiento ruso que pueda afectar al espacio aéreo o marítimo del Atlántico Norte.

A diferencia de su primer mandato, cuando la idea de adquirir Groenlandia fue recibida como una ocurrencia, el discurso actual se presenta con un marco estratégico más definido. Trump ha insistido en que no se trata de una cuestión simbólica, sino de una necesidad vinculada a la defensa del territorio estadounidense y de sus aliados. En este contexto, ha dejado entrever que Estados Unidos no puede depender exclusivamente de acuerdos con terceros cuando se trata de una región que considera crítica para su seguridad.

El planteamiento ha ido acompañado de advertencias económicas. Trump ha sugerido que los países europeos que se opongan a sus planes o que, a su juicio, obstaculicen los intereses estadounidenses en el Ártico podrían enfrentarse a medidas comerciales, incluidos aranceles. Este enfoque ha generado inquietud en varias capitales europeas, que interpretan estas declaraciones como una forma de presión incompatible con la relación entre aliados históricos.

Desde Groenlandia, la respuesta ha sido clara y constante. El Gobierno autónomo ha reiterado que la isla no está en venta y que cualquier decisión sobre su futuro corresponde exclusivamente a su población. Las autoridades groenlandesas han subrayado que el territorio no es un espacio vacío ni una ficha intercambiable en el tablero geopolítico, sino una sociedad con identidad propia, instituciones consolidadas y aspiraciones políticas definidas. Su prioridad, sostienen, es avanzar en el fortalecimiento del autogobierno y en el desarrollo económico, manteniendo relaciones de cooperación con sus socios internacionales.

Dinamarca ha respaldado plenamente esta posición. Desde Copenhague se recuerda que Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, un Estado soberano y miembro de la OTAN, y que la cooperación con Estados Unidos en materia de defensa ha sido constante durante décadas. Las autoridades danesas subrayan que la presencia militar estadounidense en la isla se ha mantenido con pleno conocimiento y acuerdo del Gobierno danés, dentro de los marcos legales y políticos vigentes.

El Ejecutivo danés ha insistido en que cualquier intento de modificar el estatus de Groenlandia sin el consentimiento de sus habitantes contravendría los principios del derecho internacional, en particular los relativos a la soberanía territorial y la autodeterminación de los pueblos. Esta postura ha sido respaldada por la Unión Europea, que ha cerrado filas en torno a uno de sus Estados miembros.

Bruselas ha reiterado la necesidad de respetar el orden internacional basado en normas y ha evitado, al mismo tiempo, una escalada retórica con Washington. No obstante, la Comisión Europea analiza posibles escenarios ante la amenaza de nuevas medidas comerciales por parte de Estados Unidos. Varios Estados miembros han reforzado su coordinación diplomática y su implicación en el Ártico, conscientes de que la región se ha convertido en un espacio de creciente rivalidad estratégica.

El interés por Groenlandia se inscribe en una dinámica más amplia. El Ártico ha emergido como uno de los principales escenarios de competencia global del siglo XXI. Rusia considera la región una extensión natural de su espacio estratégico y ha invertido de forma sostenida en su militarización. China, por su parte, se ha definido como un “Estado cercano al Ártico” y ha incrementado su presencia económica y científica, buscando asegurar un papel en el futuro de las rutas marítimas y en la explotación de recursos.

Estados Unidos y Europa observan estos movimientos con atención. Para Washington, el refuerzo ruso en el Ártico representa un desafío directo a su capacidad de disuasión. Para la Unión Europea, el reto consiste en equilibrar su relación con Estados Unidos, preservar la soberanía de sus Estados miembros y evitar que la región se convierta en un nuevo foco de confrontación permanente.

El debate en torno a Groenlandia ha puesto de relieve las diferencias de enfoque entre ambas orillas del Atlántico. Mientras la Administración Trump adopta una política exterior más directa, basada en el control y la presión, la Unión Europea insiste en un marco de cooperación sustentado en normas, acuerdos multilaterales y respeto a la legalidad internacional. Analistas advierten de que estas tensiones podrían tener efectos en la cohesión de la OTAN y en la relación transatlántica, especialmente en un contexto de creciente incertidumbre global.

Groenlandia, en medio de este pulso, continúa reivindicando su derecho a decidir su propio futuro, mientras el Ártico deja de ser una frontera lejana para convertirse en uno de los espacios donde se define la arquitectura de seguridad internacional del siglo XXI.

 


14 ene 2026

Después de Maduro: el poder que queda y el país que sigue

 


Por Francisco Veracoechea

El día después de lo impensable

La captura de Nicolás Maduro y de su esposa por autoridades estadounidenses marcó un punto de quiebre que durante años pareció improbable. El dirigente que había sobrevivido a sanciones, aislamiento diplomático y crisis internas ya no estaba en el Palacio de Miraflores ni hablaba al país desde cadenas nacionales. Estaba preso en Estados Unidos.

El impacto inicial fue de desconcierto. No solo por la magnitud del hecho, sino por la velocidad con la que el poder tuvo que reorganizarse en Caracas. En cuestión de horas, el Estado venezolano se vio obligado a demostrar que seguía existiendo sin su figura central. La política entró en una fase donde el silencio, más que los discursos, pasó a ser la principal señal de mando.

La pregunta inmediata no fue jurídica ni personal. No giró en torno a la suerte de Maduro, sino al país que quedaba atrás. Qué tipo de Estado emerge cuando el liderazgo absoluto desaparece de forma abrupta. Y, sobre todo, quién toma realmente las decisiones cuando el poder deja de tener un rostro único.

La continuidad sin el vértice

La asunción de Delcy Rodríguez como presidenta interina respondió a una necesidad urgente de continuidad. El aparato institucional debía mantenerse en pie para evitar un vacío que derivara en caos político o fractura interna. El mensaje fue que el Estado seguía funcionando, que había mando y que el país no entraba en un territorio desconocido.

Pero la continuidad fue más formal que real. Sin Maduro, el poder dejó de concentrarse en una sola figura y pasó a distribuirse entre actores que ahora se vigilan entre sí. El Ejecutivo, el alto mando militar, el aparato judicial y los sectores económicos vinculados al Estado comenzaron a operar en un equilibrio inestable, donde cada decisión debía ser calculada con mayor cautela.

El chavismo, lejos de desaparecer, se replegó. Ya no actúa desde la seguridad del control absoluto, sino desde la lógica de la supervivencia. Mantener cohesión interna se volvió prioritario. Evitar divisiones en las fuerzas armadas pasó a ser una línea roja. En este nuevo escenario, el poder no se impone con facilidad; se negocia.

Estados Unidos y el nuevo centro de gravedad

La captura de Maduro convirtió a Estados Unidos en un actor central del futuro venezolano, no solo por el hecho en sí, sino por lo que vino después. Washington dejó claro que su papel no sería pasivo ni limitado al ámbito judicial. La operación abrió la puerta a una influencia directa sobre el rumbo político y económico del país.

El mensaje fue explícito. La normalización de Venezuela pasa por una relación preferente con Estados Unidos. Las decisiones estratégicas, especialmente en materia energética, no se tomarán sin su participación. La reinserción en los mercados internacionales, el acceso a financiamiento y el levantamiento progresivo de sanciones estarán condicionados a ese vínculo.

No se trata de una administración formal ni de una ocupación clásica. Es una tutela moderna, ejercida a través de mecanismos económicos, licencias, acuerdos comerciales y control financiero. El poder no se ejerce desde un despacho en Caracas, sino desde la capacidad de autorizar o bloquear decisiones clave.

El petróleo como llave del futuro inmediato

En este nuevo escenario, el petróleo volvió a ocupar el centro del debate nacional. No como símbolo ideológico ni como bandera política, sino como herramienta de reconstrucción y, al mismo tiempo, de presión. Reactivar la industria energética es indispensable para cualquier intento de estabilización económica. Sin ingresos petroleros, el margen de maniobra del Estado es mínimo.

Pero la reactivación tiene un costo. Aceptar inversiones, tecnología y mercados implica aceptar condiciones. La discusión ya no es si Venezuela necesita capital extranjero, sino quién define las reglas y quién controla el proceso. La cesión de capacidad de decisión sobre el principal recurso del país abre un debate profundo sobre soberanía real.

Para Estados Unidos, el petróleo venezolano es una pieza estratégica. Para Venezuela, es una necesidad urgente. En esa asimetría se juega buena parte del futuro inmediato del país.

Gobernar bajo presión permanente

Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina en uno de los contextos más complejos que haya enfrentado un dirigente venezolano en décadas. Debe sostener el aparato político heredado, contener tensiones internas y negociar con una potencia que tiene bajo custodia al líder que encabezó ese mismo sistema.

Su discurso público apela a la soberanía, al derecho internacional y a la defensa del Estado. Sin embargo, cada decisión revela los límites de su margen de acción. Gobernar ya no significa imponer una línea política, sino administrar restricciones constantes.

Cada acuerdo económico es observado con lupa. Cada gesto de acercamiento a Washington genera resistencias internas. Cada intento de marcar distancia tiene consecuencias prácticas. La presidencia interina se mueve en un terreno donde la autonomía es relativa y la legitimidad está en construcción.

Una sociedad cansada de relatos

Para la población, la caída de Maduro no se tradujo automáticamente en esperanza plena. Hubo alivio, sí, pero también cautela. Después de años de crisis, la sociedad venezolana ha aprendido a desconfiar de los grandes relatos y a medir los procesos por sus resultados concretos.

La pregunta dominante no es quién gobierna, sino si la vida cotidiana mejora. Servicios básicos, empleo, seguridad y estabilidad pesan más que cualquier promesa de cambio estructural. El tiempo juega en contra de las nuevas autoridades, porque la paciencia social es limitada.

Existe también un temor latente. Que el fin de un poder concentrado dé paso a una dependencia externa que reproduzca viejas desigualdades bajo una nueva narrativa. El recuerdo de transiciones fallidas en la región alimenta esa desconfianza.

El riesgo de una transición tutelada

La historia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos de cambios políticos que no derivaron en autonomía real. Venezuela enfrenta ahora ese riesgo. La debilidad interna y la urgencia económica pueden empujar al país a aceptar decisiones estratégicas tomadas fuera de sus fronteras.

Cambiar de figura sin cambiar de lógica no garantiza democracia ni desarrollo. Sustituir un mando autoritario por una tutela externa puede estabilizar momentáneamente la economía, pero deja intacta la pregunta de fondo: quién decide el rumbo del país.

El desafío es reconstruir instituciones sin renunciar a la capacidad de decisión propia. Un equilibrio difícil en un contexto de presión constante y necesidades urgentes.

Un proceso sin final inmediato

Lo que sigue para Venezuela no será rápido ni espectacular. No habrá un punto final claro ni un momento fundacional que marque el inicio de una nueva era. El proceso será lento, técnico y profundamente político. Se definirá en negociaciones discretas, acuerdos económicos y reacomodos de poder.

La captura de Nicolás Maduro cerró un capítulo, pero no resolvió el conflicto estructural del país. El sistema sigue ahí, transformado, condicionado y vigilado. El poder ya no se ejerce con el mismo ruido, pero sigue siendo objeto de disputa.

Epílogo: el desafío verdadero

Venezuela entra en una etapa más silenciosa y más compleja. Sin el liderazgo que concentraba todo, el país queda expuesto a sus propias fragilidades y a las presiones externas que buscan llenar ese vacío.

El desafío no es solo dejar atrás el pasado, sino evitar que el futuro sea decidido por otros. En ese espacio incierto, entre la reconstrucción posible y la dependencia latente, se juega el verdadero destino del país.

Malema: entre la provocación política, la justicia y las heridas abiertas de Sudáfrica

  Julius Malema canta “Kill the Boer” junto a simpatizantes del Economic Freedom Fighters , en una escena que mezcla apoyo político y fuert...