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5 feb 2026

La caída de dos hombres clave del poder: qué significa para Venezuela la captura de Alex Saab y Raúl Gorrín

 


Por: Francisco Veracoechea


Durante años, en Venezuela se repitió una certeza amarga: los verdaderos responsables del colapso económico no daban la cara. No aparecían en mítines, no firmaban decretos ni hablaban en cadenas nacionales. Operaban en silencio, entre contratos opacos, cuentas en el exterior y estructuras empresariales diseñadas para no dejar huellas. Alex Saab y Raúl Gorrín encajaron perfectamente en ese perfil. Su captura marca un punto de inflexión que va más allá de dos nombres propios y obliga a mirar de frente cómo funcionó el poder real en el país.

El origen de este entramado se remonta a los años posteriores a la llegada de Nicolás Maduro a la Presidencia. Con una economía cada vez más dependiente del petróleo, un control férreo sobre las divisas y un Estado que perdía capacidad productiva, el Gobierno abrió la puerta a intermediarios privados que asumieron tareas estratégicas: importar alimentos, mover capitales, sortear sanciones y mantener a flote un sistema en crisis permanente. En ese escenario emergieron figuras como Saab y Gorrín, cada uno con un rol distinto, pero complementario.

Alex Saab se convirtió en uno de los operadores más influyentes del comercio exterior venezolano. Su nombre quedó asociado al programa CLAP, creado oficialmente para garantizar alimentos a los sectores más vulnerables. En la práctica, múltiples investigaciones internacionales revelaron sobreprecios, mercancía de mala calidad y un circuito de empresas registradas fuera del país. Saab actuaba como puente entre el Estado y un sistema financiero internacional cada vez más cerrado para Caracas. Su cercanía con el poder fue tal que el Gobierno lo presentó como “enviado especial”, blindándolo políticamente durante años.

Raúl Gorrín, en cambio, se movía en el terreno de las finanzas y la influencia mediática. Propietario de medios de comunicación y con acceso directo a altos funcionarios, fue señalado por la justicia estadounidense por participar en esquemas de sobornos vinculados al control de cambios. En un país donde el dólar era un bien escaso y regulado, tener acceso privilegiado a divisas equivalía a acumular poder económico de forma acelerada. Gorrín representó al empresario que prosperó gracias a la cercanía con el Estado y a un sistema diseñado para beneficiar a pocos.

Ambos nombres aparecieron durante años en informes judiciales, sanciones y reportajes de investigación fuera de Venezuela. Sin embargo, dentro del país parecían protegidos por una red de lealtades políticas y silencios convenientes. Saab fue detenido en el extranjero y convertido en símbolo de resistencia frente a Estados Unidos. Gorrín optó por un perfil más discreto, manteniendo influencia sin exposición pública excesiva. La pregunta inevitable es qué cambió para que hoy ambos estén bajo custodia.

La respuesta no está en un solo factor, sino en una suma de presiones. La crisis económica prolongada, el desgaste interno del poder, las negociaciones internacionales y la necesidad de enviar señales de “orden” hacia afuera crearon un nuevo tablero. En ese contexto, figuras que antes eran indispensables pasaron a ser negociables. La captura de Saab y Gorrín funciona también como mensaje político: nadie es imprescindible cuando el sistema necesita recomponerse.

Para Venezuela, el impacto es profundo y contradictorio. Por un lado, se abre una expectativa de justicia largamente postergada. Millones de venezolanos asocian estos nombres con el desabastecimiento, la inflación y el empobrecimiento acelerado de una sociedad que vio cómo se evaporaban los recursos del país. Verlos enfrentar procesos judiciales rompe, al menos simbólicamente, la idea de impunidad absoluta. Por otro lado, persiste la desconfianza: sin instituciones independientes, muchos temen que estas capturas respondan más a ajustes internos que a un verdadero combate contra la corrupción.

En el plano regional, el caso resuena con fuerza. América Latina conoce bien estas historias: empresarios que crecen al calor del poder, Estados que delegan funciones clave en intermediarios y sistemas financieros utilizados para lavar activos y mover dinero fuera del alcance ciudadano. La caída de Saab y Gorrín es observada con atención porque podría sentar precedentes sobre cooperación judicial, recuperación de activos y responsabilidades compartidas.

A nivel internacional, las consecuencias pueden ser aún mayores. Ambos conocen los mecanismos que permitieron sostener al Estado venezolano en los años más duros de las sanciones. Si deciden hablar, sus testimonios podrían comprometer a funcionarios, revelar rutas de dinero y exponer acuerdos que hasta ahora solo se intuían. No es casual que este proceso despierte interés más allá de las fronteras venezolanas.

La captura de Alex Saab y Raúl Gorrín no resuelve la crisis venezolana ni borra años de deterioro institucional. Pero sí marca el final de una etapa en la que ciertos actores parecían intocables. El desenlace dependerá de algo clave: si la justicia avanza con transparencia o si este episodio se diluye como tantos otros en la historia reciente del país.

Venezuela, y buena parte de América Latina, observa con atención. Porque esta historia no habla solo de dos hombres, sino de un modelo de poder que aún busca sobrevivir a sus propias sombras.

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