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13 feb 2026

La guerra oculta que está destruyendo África

Por Francisco Veracoechea

Mientras el mundo fija la mirada en Ucrania y Gaza, una confrontación mucho menos visible —pero no por ello menos decisiva— está reconfigurando una de las arterias comerciales más críticas del planeta: el Mar Rojo y el Cuerno de África. No hay declaraciones formales de guerra ni frentes militares claramente definidos. Lo que existe es una pugna silenciosa por poder e influencia entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, librada a través de financiamiento indirecto, control de infraestructuras estratégicas y alianzas opacas con actores locales.

El resultado de esta disputa no es abstracto. Se traduce en Estados debilitados, millones de desplazados y crisis humanitarias que, según organismos internacionales, ya superan en gravedad a muchas de las que hoy monopolizan titulares globales. África vuelve a ser escenario de una competencia que no decidió, pero que paga con creces. La pregunta ya no es si existe esta guerra invisible, sino por qué se intensifica ahora y quién obtiene realmente beneficios del caos.

El tablero estratégico del Mar Rojo

El Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb concentran entre el 10 y el 15 % del comercio marítimo mundial. Por estas rutas circulan hidrocarburos del Golfo, granos hacia Europa y Asia y suministros energéticos esenciales para las economías industrializadas. Cualquier disrupción en este corredor impacta precios globales, cadenas logísticas y estabilidad política más allá de la región.

Desde 2024 y, con mayor intensidad en 2025-2026, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos han acelerado su proyección sobre esta zona para blindar intereses propios frente a una competencia creciente que incluye a China, Turquía e incluso actores vinculados a Irán a través de fuerzas interpuestas. El Cuerno de África dejó de ser una periferia olvidada para convertirse en un punto neurálgico de la seguridad económica global.

Dos modelos de poder enfrentados

Arabia Saudita ha optado por una estrategia centrada en la estabilidad estatal. Su enfoque privilegia el respaldo a gobiernos centrales reconocidos, la mediación diplomática y los acuerdos militares formales. Riad busca un entorno previsible que garantice la seguridad de las rutas marítimas y reduzca el riesgo de vacíos de poder aprovechables por actores hostiles. Esta lógica explica su implicación en procesos de mediación en Sudán y su alineamiento con Egipto, Turquía y Somalia en la construcción de un nuevo eje de seguridad para el Mar Rojo.

Emiratos Árabes Unidos, en cambio, ha desplegado una estrategia más pragmática y directa. Prioriza el control de activos estratégicos —puertos, aeropuertos, minas y corredores logísticos— incluso en contextos de fragmentación institucional. Para ello ha respaldado actores no estatales o fuerzas locales semiautónomas cuando le resulta funcional. Este modelo le ha permitido avanzar con rapidez y consolidar presencia territorial, pero también lo ha colocado en el centro de acusaciones recurrentes sobre desestabilización y violaciones indirectas de embargos internacionales.

Sudán se ha convertido en el laboratorio más crudo de esta rivalidad. Tras el colapso de la transición posterior a Omar al Bashir, el país quedó atrapado en una guerra civil entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Informes reiterados del Panel de Expertos de la ONU han documentado el flujo de apoyo externo a las RSF a través de redes de oro y armamento, con Emiratos Árabes Unidos señalado como actor clave en estas dinámicas. Arabia Saudita, por su parte, ha impulsado iniciativas de mediación orientadas a preservar una estructura estatal mínima. El choque de estrategias no ha producido estabilidad, sino una guerra prolongada que ha expulsado a millones de sudaneses de sus hogares.

En Somalia, la confrontación alcanzó un punto de quiebre en enero de 2026. El gobierno federal rompió de forma abrupta todos sus acuerdos con Emiratos Árabes Unidos, canceló concesiones portuarias y ordenó la expulsión de personal militar emiratí tras una escalada de tensiones que incluyó la entrada no autorizada de un líder separatista y la consolidación de estructuras paralelas de poder en puertos estratégicos del norte. Somalia se alineó entonces con mayor claridad con el eje saudí-egipcio-turco, reforzando una visión de seguridad regional basada en la centralidad del Estado y el control coordinado del Mar Rojo.

Yemen, aunque a menudo analizado como un conflicto separado, forma parte del mismo tablero. La disolución forzada del Consejo de Transición del Sur a inicios de 2026 debilitó la principal plataforma de influencia emiratí en el sur del país, mientras Arabia Saudita consolidaba su respaldo al gobierno reconocido internacionalmente. La conexión entre Yemen y el Cuerno de África, a través de las rutas marítimas y las islas estratégicas del Mar Rojo, hace imposible comprender el uno sin el otro.

El costo real de una guerra sin nombre

Más allá de las maniobras diplomáticas y las disputas por influencia, la guerra invisible que se libra en el Cuerno de África tiene consecuencias devastadoras para la población civil. El flujo constante de armas, la financiación de milicias y la competencia entre potencias externas han erosionado aún más a Estados ya frágiles. 

En Sudán del Sur, un país marcado por su debilidad institucional, los efectos colaterales se manifiestan en desplazamientos masivos, inseguridad alimentaria crónica y una dependencia casi total de la ayuda internacional.

En otras regiones del continente, esta dinámica se expresa de forma menos visible pero igualmente corrosiva: corrupción estructural, endeudamiento opaco y proyectos de infraestructura diseñados más para asegurar influencia externa que para responder a necesidades locales. La ausencia de una apuesta real por el fortalecimiento institucional perpetúa un círculo vicioso de fragmentación, violencia y subdesarrollo.

Reducir esta confrontación a un choque ideológico o religioso sería una simplificación engañosa. Lo que está en juego es poder: control de rutas marítimas, acceso a recursos estratégicos y capacidad de influencia en foros internacionales. Arabia Saudita apuesta por estabilidad y previsibilidad; Emiratos Árabes Unidos privilegia flexibilidad y control directo. Ambas visiones colisionan en un continente joven, rico y vulnerable.

Si la comunidad internacional sigue mirando hacia otro lado, esta “guerra oculta” no solo destruirá el Cuerno de África: erosionará la estabilidad de rutas globales y alimentará nuevas crisis migratorias y de seguridad.

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