Por Francisco
Veracoechea
News Week Latam
La
figura de Donald Trump ha dejado de ser un actor político disruptivo en el
plano interno estadounidense para convertirse en una fuerza que incide
directamente en la reconfiguración del sistema internacional. Su regreso al
poder no solo confirma una tendencia política doméstica, sino que profundiza
una transformación global que ya estaba en marcha: el debilitamiento del orden
liberal surgido tras la Guerra Fría y su sustitución por una dinámica más
volátil, transaccional y centrada en el poder.
Durante
décadas, Estados Unidos sostuvo un entramado internacional basado en alianzas
estables, reglas compartidas y una cierta previsibilidad estratégica. Sin
embargo, la visión impulsada por Trump rompe con esa tradición. Bajo el
principio de “America First”, la política exterior deja de estructurarse como
liderazgo colectivo para convertirse en una negociación constante, donde
incluso los aliados históricos son evaluados en función de su rentabilidad
inmediata. El cambio no es retórico: altera la lógica misma del sistema.
La
guerra en Ucrania ilustra con claridad esta mutación. Desde la invasión
ordenada por Vladimir Putin en 2022, el apoyo estadounidense fue determinante
para sostener la resistencia de Kiev, acumulando compromisos que superan los
180.000 millones de dólares. No obstante, bajo la nueva administración, ese
respaldo ha experimentado un giro sustancial. La ayuda directa se ha reducido
de forma drástica y, en su lugar, se ha privilegiado un enfoque orientado a la
negociación.
Trump
ha insistido en la necesidad de alcanzar un acuerdo rápido con Moscú,
promoviendo contactos diplomáticos paralelos y respaldando iniciativas de
diálogo en escenarios como Riad o Berlín. En este contexto, la guerra deja de
ser únicamente un conflicto territorial para convertirse en un espacio de
redefinición estratégica donde Estados Unidos ya no actúa como garante
automático de un bando, sino como un actor que busca cerrar el conflicto bajo
sus propios términos.
El
impacto de este cambio trasciende a Ucrania. Para Europa, introduce un elemento
de incertidumbre estructural: el compromiso estadounidense ya no se percibe
como incondicional. Para Rusia, en cambio, abre una ventana de oportunidad, al
sugerir que el desgaste occidental puede traducirse en concesiones políticas.
La guerra, que en sus inicios consolidó la cohesión transatlántica, se ha
transformado en un escenario donde esa cohesión comienza a mostrar fisuras.
Ese
mismo patrón se refleja en la evolución de la OTAN. Durante años, Trump
cuestionó el papel de la alianza, denunciando el desequilibrio en el gasto
militar entre Estados Unidos y sus socios europeos. Lo que entonces parecía una
crítica recurrente se ha traducido en una transformación tangible. Por primera
vez en su historia, los 32 miembros de la OTAN han alcanzado el objetivo del 2%
del PIB en gasto en defensa, impulsados tanto por la amenaza rusa como por la
presión directa de Washington.
Sin
embargo, este cumplimiento no ha reforzado necesariamente la cohesión política
de la alianza. Al contrario, ha evidenciado un cambio más profundo: la
seguridad colectiva ya no se percibe como un compromiso automático, sino como
una responsabilidad que cada país debe sostener por sí mismo. En paralelo, se
discuten objetivos aún más ambiciosos —hasta el 3,5% o incluso el 5% del PIB— y
se acelera el debate sobre la autonomía estratégica europea.
En
este contexto, la OTAN no se debilita tanto como se transforma. La presión
ejercida por Trump ha obligado a Europa a reaccionar, a incrementar sus
capacidades militares y a replantear su dependencia histórica de Estados
Unidos. El resultado es una alianza más robusta en términos de recursos, pero
más incierta en su dimensión política.
En
Medio Oriente, la relación con Irán ofrece otra dimensión de esta política
exterior. La retirada del acuerdo nuclear en 2018 y la estrategia de “máxima
presión” marcaron un punto de inflexión cuyos efectos se han intensificado con
el tiempo. Hoy, Irán dispone de reservas de uranio enriquecido al 60%,
reduciendo significativamente el tiempo necesario para alcanzar capacidad
nuclear militar, según informes del Organismo Internacional de Energía Atómica.
A
este escenario se suman los ataques a instalaciones nucleares registrados en
2025, que han elevado el riesgo de una escalada directa en la región. La
política de presión no ha derivado en contención, sino en una dinámica de
confrontación sostenida donde la disuasión convive con la posibilidad real de
conflicto abierto. El Golfo Pérsico se mantiene como un punto crítico, con
incidentes recurrentes que involucran buques, infraestructuras energéticas y
actores indirectos.
Más
que resolver el problema nuclear, la estrategia ha contribuido a desplazarlo
hacia una zona de mayor inestabilidad. Irán no ha colapsado ni ha cedido en sus
objetivos estratégicos; por el contrario, ha reforzado su capacidad de
resistencia y ha ampliado su margen de maniobra regional.
En América Latina, el caso de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión más que una continuidad. Tras su captura en enero de 2026 en una operación liderada por Estados Unidos, el escenario venezolano entró en una fase de transición incierta.
Las sanciones económicas que durante años asfixiaron al país y provocaron una contracción superior al 75% del PIB entre 2013 y 2020 ya no operan en el mismo contexto. La salida de Maduro del poder ha abierto la puerta a una reconfiguración política y a un posible alivio progresivo de restricciones, especialmente en sectores estratégicos como el energético.
Sin embargo, el cambio no garantiza estabilidad inmediata. La estructura de poder interna permanece en disputa, con actores del chavismo aún influyentes y una transición marcada por tensiones políticas, incertidumbre institucional y el peso de alianzas internacionales heredadas. Venezuela ya no es un caso de resistencia del régimen, sino un laboratorio de transición cuyo desenlace sigue abierto.
El resultado es revelador: la presión externa puede debilitar económicamente a un gobierno, pero no necesariamente provocar su caída por sí sola. En el caso venezolano, el desenlace llegó a través de una acción directa que alteró el equilibrio de poder de forma abrupta.
Más que un éxito lineal de las sanciones, lo ocurrido evidencia que la presión prolongada puede preparar el terreno, pero no siempre define el momento final. Venezuela deja de ser un ejemplo de resiliencia del régimen para convertirse en un caso de ruptura forzada cuyo impacto aún está en desarrollo.
En
el trasfondo de estos escenarios emerge un elemento común que redefine la
política internacional contemporánea: la transformación del concepto de
alianza. Bajo el enfoque tradicional, las alianzas implicaban compromisos
estratégicos de largo plazo, basados en valores compartidos y objetivos
comunes. En la lógica actual, esas relaciones tienden a convertirse en acuerdos
condicionados, sujetos a negociación constante.
El
cambio es sutil pero profundo. Estados Unidos no se retira del escenario
global, pero redefine su papel dentro de él. La permanencia deja de ser
automática y comienza a depender de condiciones específicas, muchas veces de
carácter económico o político inmediato. En ese sentido, el liderazgo se
transforma en una forma de transacción.
Este
desplazamiento ocurre en paralelo con el ascenso de otras potencias que buscan
consolidar su influencia. China amplía su presencia a través de inversiones
estratégicas y desarrollo tecnológico, mientras Rusia mantiene su capacidad de
intervención en el ámbito militar. El sistema internacional se mueve hacia una
configuración más fragmentada, donde el equilibrio se construye a partir de
tensiones constantes más que de consensos estables.
Las
cadenas de suministro globales, por ejemplo, están siendo reorganizadas bajo
criterios de seguridad, dando lugar a procesos de relocalización y alianzas
selectivas. El comercio internacional, antes regido por principios de apertura,
se adapta a una lógica más defensiva. Incluso los organismos multilaterales
enfrentan dificultades para mantener su relevancia en un entorno donde las
decisiones clave se trasladan a espacios de negociación directa entre Estados.
En
ese contexto, la figura de Trump no puede entenderse como una anomalía aislada.
Su estilo, sus decisiones y su narrativa responden a una transformación más
amplia que atraviesa a múltiples sociedades: el cuestionamiento del globalismo,
la desconfianza hacia las élites políticas y la revalorización del interés
nacional como eje central de la acción estatal.
El sistema internacional no se derrumba de manera abrupta. Se reconfigura, se adapta y, en ese proceso, deja atrás muchas de las certezas que lo definieron durante décadas. Lo que emerge en su lugar es un escenario más incierto, donde las reglas ya no son incuestionables y donde el poder, en sus distintas formas, vuelve a ocupar un lugar determinante en la definición del orden global.
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