El acuerdo entre Irán y Estados Unidos nace del agotamiento, pero la desconfianza amenaza su supervivencia
Por Francisco Veracoechea | News Week Latam
Hay acuerdos que se firman porque las partes quieren llegar a ellos, y hay acuerdos que se firman porque ya no queda otra salida. El que Washington y Teherán tienen previsto sellar este viernes en Suiza pertenece claramente a la segunda categoría. Así lo dejó entrever el propio mediador del proceso, el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, al anunciar el domingo que ambos gobiernos habían alcanzado un entendimiento integral para detener las hostilidades en todos los frentes, incluido el libanés, tras casi cuatro meses de guerra abierta. Que la confirmación llegara desde Islamabad y no desde Washington ni desde Teherán ya dice algo: cuando dos potencias en guerra necesitan a un tercero para anunciar que dejan de combatirse, suele ser porque la confianza directa entre ellas se ha agotado.
Una tregua que necesitó un intermediario
La guerra deja, además, un dato que va a pesar sobre cualquier negociación futura: según reportes coincidentes de prensa internacional, no desmentidos formalmente por Teherán, el ayatolá Ali Khamenei murió en los primeros bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel. Su hijo, Mojtaba Khamenei, habría asumido el liderazgo con el respaldo de la Guardia Revolucionaria y figuraría, de acuerdo con fuentes citadas por agencias internacionales, entre quienes firman el memorando junto al presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, Donald Trump y su vicepresidente, J. D. Vance. Un cambio de liderazgo en plena guerra rara vez produce gobiernos más dispuestos a ceder; más bien suele producir gobiernos que necesitan demostrar fortaleza hacia adentro justo cuando hacia afuera están aceptando concesiones, una hipótesis que varios analistas de la región plantean para explicar la dureza del discurso interno iraní pese a las concesiones del documento.
Lo que el papel sí resuelve
El gobierno estadounidense publicó el miércoles el texto que, según un alto funcionario que lo leyó ante la prensa, recoge el entendimiento alcanzado durante el fin de semana: un memorando de catorce puntos titulado oficialmente "Memorando de Entendimiento de Islamabad". Su disposición más visible es comercial antes que política: la reapertura del estrecho de Ormuz, la vía por la que circula, de acuerdo con cifras citadas por medios internacionales como CNN y la BBC, cerca de una quinta parte del petróleo mundial y que Irán había cerrado como instrumento de presión durante el conflicto. Su desbloqueo ya tuvo efecto inmediato en los mercados: una caída superior al 4% en los precios internacionales del crudo apenas se conoció la noticia.
A cambio de esa reapertura, Washington ofrece exenciones del Tesoro para que Irán retome la exportación de petróleo y derivados sin las trabas bancarias, de seguros y de transporte que lo asfixiaban desde hace una década. El texto contempla también, según copias filtradas del borrador que coinciden entre distintos medios económicos, un fondo de reconstrucción posguerra que podría llegar a 300.000 millones de dólares, además de la liberación gradual de activos iraníes congelados en el exterior que distintas estimaciones sitúan por encima de los 100.000 millones adicionales. Conviene subrayar que estas cifras provienen de borradores y fuentes no oficiales; el gobierno iraní no las ha confirmado públicamente.
En el terreno nuclear, el lenguaje del documento oficial es deliberadamente impreciso. Irán reafirma que no fabricará armas nucleares, y ambas partes acuerdan mantener el statu quo del programa atómico mientras se negocia, durante sesenta días, un acuerdo definitivo. Ese plazo es donde realmente se va a decidir si este pacto sirve para algo: ahí deberá resolverse qué pasa con el uranio enriquecido al 60% que Teherán ya tiene almacenado —que fuentes consultadas por medios europeos calculan en torno a 440 kilogramos, una cifra todavía sin confirmación oficial del lado iraní—. Washington pide la entrega del material; Irán, hasta ahora, solo acepta discutir cómo reducir su pureza sin desprenderse de él. Tampoco aparecen en el texto conocido el programa de misiles balísticos iraní ni el respaldo de Teherán a sus aliados armados en la región, dos líneas rojas que administraciones estadounidenses sostuvieron durante años y que esta vez quedaron fuera de la conversación, al menos en esta fase.
Una guerra sin vencedor declarado
Lo más incómodo de este desenlace es que ninguna de las dos partes puede llamarlo victoria sin que la otra lo contradiga. Un análisis publicado por The New York Times sostiene que Washington consumió buena parte de su arsenal de misiles de precisión y de sus sistemas de interceptación sin lograr ninguno de los objetivos planteados públicamente al iniciar la ofensiva, entre ellos un cambio de régimen en Teherán que no se produjo, y concluye que la Casa Blanca cierra esta guerra en una posición más débil que la que tenía antes de empezarla.
Esa no es, sin embargo, la única lectura disponible. Otros analistas, citados por medios como El Comercio, sostienen exactamente lo contrario respecto a Irán: que Teherán aceptó sentarse a negociar precisamente porque sus capacidades estratégicas quedaron seriamente dañadas durante la guerra —buena parte de su flota naval, su fuerza aérea y su capacidad militar-industrial sufrieron golpes que tomará años revertir—, y que el relato de un Irán "fortalecido" depende más de la propaganda interna del régimen que de su situación real sobre el terreno. Ambas interpretaciones son legítimas y, por ahora, ninguna puede confirmarse de manera definitiva: el resultado depende de qué tan rápido fluya el dinero del alivio económico y de qué tan sólido resulte el liderazgo de Mojtaba Khamenei en los próximos meses.
El socio que quedó fuera de la foto
Si hay un actor que termina claramente incómodo con este desenlace, es Israel. El gobierno de Benjamín Netanyahu fue dejado al margen de las negociaciones finales, según reportó el diario The New York Times a través de su corresponsal en Tel Aviv. El malestar no se quedó en privado: el diario israelí Yediot Aharonot resumió el sentimiento general con un titular breve —"mal acuerdo"—, y encuestas citadas por prensa local muestran que una parte considerable de la población israelí hubiera preferido continuar la guerra en solitario antes que aceptar una salida negociada por Washington sin su participación directa.
Ese malestar llega en un momento políticamente delicado para Netanyahu, que según sondeos previos a este conflicto ya enfrentaba números de aprobación deteriorados por el manejo de la guerra en Gaza. Un acuerdo que no le da ninguna de las garantías que pedía su gobierno —ni claridad sobre el destino del uranio enriquecido, ni el desmantelamiento del programa nuclear iraní— se convierte, en la lectura de su propio entorno político, en un desgaste adicional sobre uno que ya venía cargando.
Las grietas que no se ven en la firma
Tampoco en Teherán hay un relato único. Sectores de línea dura dentro del propio Parlamento iraní han cuestionado, según reportó The Guardian, la narrativa oficial de que el país sale fortalecido de esta guerra, calificándola de engañosa. La agencia semioficial Tasnim, por su parte, se apresuró a calificar como inexactas las primeras versiones filtradas del memorando antes de que Washington publicara el texto oficial. Cuando un gobierno necesita controlar tan de cerca cómo se cuenta su propia victoria, suele ser una señal de que esa victoria admite más de una lectura.
Por qué este pacto nace frágil
El antecedente obligado es el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015, el acuerdo nuclear que el propio Trump abandonó tres años después de firmado, calificándolo entonces de débil y desastroso. Si aquel pacto, construido con más tiempo, consenso internacional y detalle técnico, terminó siendo reversible en cuanto cambió el gobierno en Washington, este memorando —más breve, más ambiguo y negociado bajo la presión de una guerra reciente— tiene aún menos margen para sostenerse. Deja fuera el destino del uranio ya enriquecido, no toca los misiles balísticos, no resuelve el papel de los aliados regionales de Irán, y delega lo más delicado a una negociación de sesenta días cuyo resultado nadie puede garantizar todavía. El propio Trump, consultado por la prensa, admitió cierta incertidumbre sobre si la ceremonia de firma se cumpliría según lo previsto, una declaración inusual para quien debe presidirla.
Queda, además, un frente que el memorando da por cerrado sin que todos los actores armados estén de acuerdo: Israel ya advirtió que seguirá actuando en Líbano cuando lo considere necesario, con o sin el aval de Washington. Un acuerdo que no logra alinear a todas las partes que disparan en la región difícilmente puede llamarse definitivo, sin importar cuántas firmas tenga.
¿A quién le conviene más?
Visto en conjunto y con la cautela que exige un proceso aún en marcha, este pacto parece repartir beneficios desiguales y en plazos distintos, según la evidencia disponible hasta el momento. Irán obtendría, de cumplirse lo acordado, el oxígeno económico que más necesitaba: acceso a fondos congelados durante años y la posibilidad de reconstruirse sin la presión de las sanciones, mientras conserva su material nuclear ya enriquecido como ficha de negociación para el futuro. Estados Unidos obtiene un cierre político para una guerra cada vez más difícil de justificar ante su propia opinión pública, y puede mostrar la reapertura de Ormuz como un resultado tangible en lo económico. Israel, en cambio, no obtiene casi nada de lo que perseguía: ni el cambio de régimen que esperaba, ni el desmantelamiento del programa nuclear iraní, ni un asiento en la mesa donde se decidió su futuro inmediato en la región.
Ese desequilibrio —más que cualquier comunicado oficial— ayuda a explicar por qué este es un pacto a la fuerza y no un pacto por convicción. Nació del agotamiento, no de un cambio real en las posiciones de fondo de quienes lo firman, y todavía depende de una negociación de sesenta días que puede confirmarlo o desbaratarlo. Los acuerdos que nacen así —Medio Oriente lo ha demostrado más de una vez en las últimas décadas— rara vez se sostienen por sí mismos cuando deja de doler el costo que los hizo necesarios en primer lugar. Si este será la excepción o la confirmación de esa regla, es algo que solo el tiempo —y no este memorando— podrá responder.
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