Por Francisco Veracoechea
News Week Latam
Washington / Jerusalén / Teherán – junio de 2025. El presidente Donald J. Trump ha regresado al poder decidido a dejar una marca inmediata en la escena internacional. A solo cinco meses de haber asumido su segundo mandato como el 47.º presidente de los Estados Unidos, Trump ya protagoniza uno de los episodios más tensos en el triángulo Washington–Jerusalén–Teherán desde la retirada del acuerdo nuclear en 2018.
El detonante esta vez ha sido una operación militar israelí que, con apoyo logístico y de inteligencia estadounidense, bombardeó instalaciones nucleares iraníes clave, entre ellas Natanz, Fordow y una zona cercana a Isfahán. La ofensiva buscó neutralizar lo que el gobierno de Netanyahu calificó como "una amenaza existencial": el inminente desarrollo de armas nucleares por parte de la República Islámica.
El regreso de Trump a la Casa Blanca reactivó su política de “máxima presión” sobre Irán. A inicios de febrero, su administración reinstauró sanciones petroleras y bancarias, congeló activos y anunció nuevas restricciones a funcionarios iraníes. A diferencia de su primer mandato, esta vez Trump no esperó una escalada: autorizó una coordinación estrecha con Israel ante cualquier señal de avance nuclear por parte de Teherán. En palabras del secretario de Estado, Richard Grenell, “Estados Unidos no permitirá que Irán cruce el umbral nuclear. La paz solo es posible si se elimina la amenaza”.
Los bombardeos provocaron daños considerables en la infraestructura atómica iraní, pero no paralizaron completamente el programa. Según la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), Irán ha comenzado a reubicar parte de su tecnología en instalaciones subterráneas aún no identificadas públicamente. El líder supremo, Alí Jamenei, acusó a EE. UU. e Israel de violar el derecho internacional y prometió una respuesta “estratégica y prolongada”. A pesar de esto, Irán ha evitado por ahora una represalia directa, consciente del poderío militar estadounidense y del riesgo de aislamiento total.
Tras casi dos semanas de tensión, Trump anunció el 23 de junio un “cese total de hostilidades”, el cual fue aceptado por ambas partes. El anuncio fue recibido con alivio por los mercados internacionales, especialmente en el sector energético. Sin embargo, organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional alertaron sobre posibles violaciones a derechos humanos en zonas civiles afectadas por los ataques israelíes. En Israel, el gabinete de seguridad celebró la acción como “un triunfo disuasivo”; mientras que en Irán, las calles volvieron a ser escenario de protestas, esta vez mezclando nacionalismo con malestar económico.
Antes de que el mundo pudiera respirar con alivio tras el anuncio del cese al fuego, Irán mostró que la tensión aún está lejos de disiparse. La noche del 22 de junio, apenas horas antes del anuncio oficial de tregua, fuerzas iraníes lanzaron una serie de misiles balísticos contra bases estadounidenses en Medio Oriente, siendo la más golpeada la ubicada en Al Udeid, Qatar, que alberga uno de los principales centros de operaciones aéreas de EE. UU. en la región. Aunque no se reportaron víctimas mortales, el mensaje fue inequívoco: Irán no se quedará de brazos cruzados ante ataques a su soberanía.
¿Será una paz duradera?
El acuerdo de cese al fuego anunciado por Trump no incluye compromisos formales ni mecanismos de verificación más allá de la misión técnica que la AIEA enviará en los próximos días. No hay una hoja de ruta diplomática, ni conversaciones abiertas entre Irán e Israel, ni una plataforma regional de diálogo que respalde lo pactado. Es, en esencia, una tregua silenciosa más que un acuerdo de paz estructurado. En este contexto, el riesgo de que se convierta en una pausa estratégica antes de una nueva ofensiva es alto.
Israel mantiene su alerta máxima en las fronteras norte. Las Fuerzas de Defensa han reforzado su presencia en Galilea y el Golán, anticipando una posible respuesta de Hezbolá desde el sur del Líbano. Irán, por su parte, ha convocado una cumbre de emergencia en Beirut con líderes de grupos aliados, entre ellos representantes de las milicias iraquíes y del movimiento hutí. La “resistencia”, como la denomina Teherán, podría optar por una respuesta asimétrica que evite la confrontación directa, pero cause inestabilidad regional.
Mientras tanto, Rusia y China han incrementado sus gestiones diplomáticas en Teherán y Tel Aviv. El Kremlin ha ofrecido mediar una salida negociada bajo el paraguas del Consejo de Seguridad de la ONU, mientras Pekín propone reactivar el marco de cooperación regional que ya había impulsado con Irán y Arabia Saudita en 2023. La Unión Europea, debilitada por sus propias fracturas internas, observa con preocupación y pocas herramientas.
El actual momento es una paradoja: tras los bombardeos y la tensión máxima, el silencio parece ofrecer un respiro. Pero es un silencio cargado de tensión, expectativa y cálculos. Nadie sabe si esta calma es el preludio de una negociación diplomática real o simplemente una pausa para reorganizar fuerzas.
Trump ha presentado el alto al fuego como un logro de su estilo directo y agresivo. Sin embargo, los expertos advierten que sin acuerdos de fondo y sin actores multilaterales en la mesa, la paz será efímera. Una chispa —un dron derribado, un ataque de milicias o una provocación verbal— puede encender de nuevo el polvorín.
En este complejo tablero, la diplomacia parece haber cedido el paso a la disuasión. Trump juega una partida arriesgada donde el éxito sería monumental… pero el fracaso, catastrófico. El intento de contener el programa nuclear iraní por la vía militar ha abierto una ventana de oportunidad, pero también ha encendido nuevas alarmas. El actual cese al fuego no garantiza la paz, y los movimientos estratégicos de las próximas semanas marcarán si estamos ante un nuevo ciclo de diplomacia o a las puertas de una confrontación mayor en Oriente Medio.
Mientras tanto, el mundo observa expectante y tenso. Porque en este juego, nadie sale ileso.

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