Por
Francisco Veracoechea
News Week Latam
Lo que fue concebido como una
operación rápida, precisa y con objetivos limitados ha derivado en un escenario
muy distinto: una guerra que no termina, que se transforma y que comienza a
escapar del control de quienes la impulsaron. La ofensiva contra Irán, lanzada
por Estados Unidos e Israel a inicios de 2026, partía de una premisa clara: un
golpe contundente podría debilitar de forma irreversible al régimen iraní o, al
menos, forzarlo a ceder.
Semanas después, esa premisa
ha quedado en entredicho. El conflicto no solo persiste, sino que se expande en
múltiples direcciones, incorporando nuevos actores, nuevos riesgos y una
creciente incertidumbre. Más que una guerra convencional, lo que se configura
es una dinámica conocida en Oriente Próximo: conflictos que no se resuelven,
sino que evolucionan. La cuestión ya no es cuánto durará esta guerra, sino en
qué se está convirtiendo.
El error de cálculo
La ofensiva inicial respondió a
una lógica estratégica que, sobre el papel, parecía sólida. Washington y Tel
Aviv apostaron por una operación de alto impacto contra infraestructuras clave,
centros de mando y figuras relevantes del aparato iraní. La idea era clara:
alterar el equilibrio interno del régimen mediante un golpe rápido que limitara
su capacidad de respuesta.
Este tipo de planteamiento no es
nuevo. Se sustenta en la premisa de que la superioridad militar, combinada con
inteligencia precisa, puede producir resultados decisivos en poco tiempo. Sin
embargo, esa lógica ha demostrado tener límites cuando se enfrenta a
estructuras estatales complejas y adaptativas.
Irán no es un actor convencional.
Su capacidad para absorber impactos, reorganizar su cadena de mando y mantener
cohesión interna ha sido subestimada. Lejos de colapsar, el régimen reaccionó
con rapidez, ajustó su estrategia y desplazó el conflicto hacia terrenos menos
previsibles.
El error no fue de ejecución,
sino de diagnóstico. Se sobreestimó la capacidad de un golpe inicial para
definir el desenlace y se subestimó la resiliencia del adversario. Ese
desajuste es el punto de partida de todo lo que ha venido después.
La guerra que no terminó
La respuesta iraní no ha buscado
una victoria inmediata, sino modificar las condiciones del conflicto. En lugar
de una confrontación directa, Teherán ha optado por una estrategia de desgaste,
basada en la dispersión de frentes y el uso de herramientas asimétricas.
Misiles, drones y ataques
selectivos han ampliado el alcance de la guerra más allá del territorio iraní.
El Golfo Pérsico, el entorno del estrecho de Ormuz y otras zonas estratégicas
se han convertido en escenarios activos, donde la presión se ejerce de forma
constante pero fragmentada.
Este tipo de guerra tiene una
lógica distinta. No se trata de avanzar territorialmente ni de imponer una
victoria visible, sino de generar incertidumbre, elevar los costos del
adversario y prolongar el conflicto en el tiempo. En ese contexto, la superioridad
militar pierde parte de su ventaja.
A medida que la confrontación se
expande, también se multiplica el número de actores implicados, de forma
directa o indirecta. El conflicto deja de ser bilateral y pasa a configurarse
como una red de tensiones interconectadas. Cada frente abierto añade complejidad
y reduce las posibilidades de control.
Lo que se planteó como una
operación puntual ha evolucionado hacia un escenario regional más amplio, donde
los límites son difusos y los riesgos se acumulan.
Un conflicto sin salida clara
Uno de los rasgos más
característicos de la situación actual es la ausencia de una salida evidente.
Ninguno de los actores principales dispone de una vía clara para cerrar el
conflicto sin asumir costos significativos.
Para Estados Unidos e Israel, una
escalada mayor implicaría riesgos militares, económicos y políticos difíciles
de gestionar. Para Irán, una retirada o concesión sustancial supondría un
debilitamiento de su posición regional y de su legitimidad interna.
Este equilibrio de restricciones
genera un bloqueo. Cada parte tiene incentivos para continuar, pero también
límites que impiden una resolución definitiva. El resultado es un conflicto que
se mantiene activo, sin avanzar hacia un desenlace.
En este contexto, la diplomacia
queda relegada a un segundo plano. Existen canales de comunicación y propuestas
puntuales, pero carecen de la fuerza necesaria para alterar la dinámica
general. Mientras la lógica militar predomine, cualquier intento de negociación
estará condicionado por lo que ocurra en el terreno.
A esta situación se suma un
elemento adicional: la presión política interna. Los discursos públicos y las
declaraciones de los líderes refuerzan posiciones y reducen el margen para el
compromiso. Retroceder no se presenta como una opción viable, sino como una
señal de debilidad.
La guerra, así, se convierte en
un espacio donde convergen limitaciones estratégicas y necesidades políticas,
dificultando cualquier salida rápida.
Lo que viene: un conflicto que
puede quedarse
A corto y mediano plazo, el
escenario más probable no es una resolución, sino una prolongación. El
conflicto tiende a estabilizarse en una forma intermedia: episodios de escalada
seguidos de fases de relativa calma, sin un cierre definitivo.
La posibilidad de una escalada
mayor sigue presente, especialmente si se producen errores de cálculo o
incidentes inesperados. En entornos de alta tensión, decisiones puntuales
pueden desencadenar reacciones en cadena que alteren el equilibrio actual.
Al mismo tiempo, una desescalada
negociada no puede descartarse, pero requiere condiciones que, por ahora, no
parecen consolidadas. La falta de confianza entre las partes y la persistencia
de objetivos contrapuestos dificultan ese camino.
Mientras tanto, las consecuencias
del conflicto se extienden más allá de la región. El impacto sobre el mercado
energético, las rutas comerciales y la estabilidad económica global es
evidente. Lo que ocurre en Oriente Próximo ya no es un fenómeno aislado, sino
un factor que influye en equilibrios más amplios.
En este contexto, el tiempo se convierte en un elemento central. No como una cuenta regresiva hacia el final, sino como un factor que consolida dinámicas. Cuanto más se prolonga el conflicto, más difícil resulta revertirlo.
La guerra contra Irán no se ha
prolongado por falta de capacidad militar, sino por una lectura incompleta de
su naturaleza. El error no fue lanzar la ofensiva, sino asumir que podía
controlarse su evolución.
Hoy, el conflicto no responde a
un plan definido, sino a una dinámica que se alimenta de sus propias tensiones.
Ninguno de los actores parece capaz de imponer un desenlace, pero tampoco de
retirarse sin asumir un costo que no está dispuesto a pagar.
En ese equilibrio inestable
reside el mayor riesgo. Porque cuando una guerra deja de estar guiada por
objetivos claros y pasa a sostenerse por la imposibilidad de terminarla, deja
de ser un instrumento de poder y se convierte en una fuente permanente de incertidumbre.
Oriente Próximo conoce bien ese
tipo de conflictos. La diferencia, esta vez, es que sus efectos ya no se
limitan a la región.
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